LA intensa actividad constructiva que vive Jerez en torno a los años setenta del siglo XVIII no fue sólo protagonizada por un sector social emergente enriquecido con el vino. Aquella nobleza que hundía sus raíces en la Edad Media, y que observaba con recelo el ascenso de esos advenedizos, también se sumó, en parte, a este furor edificatorio. De este modo, Juan Dávila Mirabal levanta entonces el ahora conocido como Palacio Bertemati o Agustín Pío de Villavicencio lleva a cabo una profunda reforma de su casa familiar, el hoy Palacio Pemartín.

No muy lejos de este último, en la misma collación de San Juan, a la entrada de la calle Liebre, está la que fue morada de los Carrizosa. El edificio, que ha sufrido múltiples transformaciones a lo largo de su historia, ofrece una de las fachadas más características de este momento. Sin embargo, su origen es muy anterior, pues desde al menos 1467 estaban en posesión del mismo los antepasados de esta ilustre familia. Cuando en 1770 su dueño, Álvaro López de Carrizosa Perea, fallece, esa primitiva casa mantenía unos muros antiguos pero sólidos. El mayor inconveniente eran sus reducidas dimensiones ya que se componía únicamente "de habitaciones bajas". Su viuda, Rosa María Adorno, como administradora de los bienes de los hijos del matrimonio, decide emprender una transformación para conseguir una "casa decente y cómoda con arreglo a sus notorias circunstancias". Sería el arquitecto Juan Díaz de la Guerra el responsable de las obras a partir de 1772. Con el añadido de un segundo cuerpo o planta, creará la ostentosa y movida portada y la curiosa escalera principal.

Con el paso del tiempo, entrado el Ochocientos, los Carrizosa se sumarán al negocio bodeguero. Aquella vieja aristocracia se rendía así, definitivamente, ante los irresistibles encantos de la industria vinatera.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios