Lo tienen crudo. Si los independentistas pretenden que alguien les tome en serio fuera de ese frenopático en el que han convertido Cataluña, deberían empezar a tener en cuenta que una cosa es la democracia y otra cosa son las despedidas de soltero.

Bien es cierto que, para ganarse las simpatías del público, han recurrido a una graciosa forma de saltarse las leyes. Con lo que ellos mismos llaman la "revolución de las sonrisas" nos han intentado convencer de que, poniendo buena cara, puedes hacer lo que te dé la gana. O sea, que si a una señora alguien se le acerca por la calle y le toca el culo, pero se lo toca sin perder la sonrisa, ella no tendría ni que pegarle a cambio un bofetón. Pues vale.

Se puede llegar a entender que una ideología que pretende convencer a los ciudadanos desde que usan chupete tendrá que tirar de un repertorio bastante infantil. Por eso es tan importante en la fundamentación del discurso independentista hacer de la Historia una especie de recortable y colorear muchas banderas ya desde la guardería, todo ello animado con proclamas que sean suficientemente simples como para que las puedan comprender tanto los mayores que no tienen tiempo para leer como los críos que lloran cuando se les quita la plastilina.

Y no es que haya que ilegalizar la simpleza, pero como a ciertas edades es peligroso comportarse como un chiquillo (sobre todo si se está al frente de algún gobierno) al independentismo catalán le va a costar lo suyo hacerse respetar en el mundo. Cuando se vive la política como se vive un día en el parque de atracciones (y se declaran repúblicas como quien se monta en la noria, o se proclama la independencia como quien gana un muñeco en la tómbola) cabe la posibilidad de que en el extranjero piensen que les falta un tornillo.

En parte se entiende: hasta los presidentes de la Generalitat, antes de serlo, se hicieron pipí en los pañales. Pero si las instituciones dejan de someterse a las reglas democráticas para convertirse en algo así como el corro de la patata, lo normal es que las decisiones que se tomen en ellas tengan la misma legitimidad que podría tener un billete de cien euros con la cara de Charlie Rivel.

Por cierto, a juzgar por la manera de entender la legitimidad que se maneja en un parlamento como el catalán -donde la democracia se confunde con los matasuegras-, no quiero ni imaginar cómo se aprobarían las leyes en ese delirante Estado independiente que pretenden sacarse de la manga. ¿Jugando a la oca? ¿Echándolas a pares o nones?

En fin, es lo que cabe esperar cuando la vida política se rige por las mismas reglas que la lucha libre (es decir, cuando vale todo mientras se haga de paripé.) Y es lo que cabe esperar, supongo, cuando la legitimidad democrática consiste en que el pueblo sea soberano cuando me da a mí la razón, pero no solo no sea soberano, sino que ni siquiera sea pueblo, cuando me lleva la contraria, que es lo que pasa en esas repúblicas a las que encaja a la perfección el calificativo de bananeras.

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