HABLANDO EN EL DESIERTO

Francisco Bejarano

Caza de brujas

EL deporte internacional de la caza de brujas empezó en serio en el siglo XV. Con anterioridad la gente sencilla creía en brujas, pero cuando iban a los obispos o a las autoridades civiles para denunciarlas como causantes de la muerte de una vaca o de la pérdida de la cosecha de un huerto, las despedían con palmaditas impacientes en la espalda, recomendándoles tranquilidad y la aceptación de la voluntad divina. En la crisis social y espiritual del paso de la Edad Media al Renacimiento las brujas hicieron falta, para hacer recaer sobre ellas los males de la sociedad y no sobre las instituciones y sus representantes. Aparecieron brujas por todas partes, que fueron juzgadas y condenadas como culpables de enfermedades, epidemias, plagas y una serie de males que habían existido siempre, pero que entonces pasaron de ser voluntad de Dios para depender de la del Diablo. La gente simple quedaba más conforme con sus desgracias y se afirmaban en su creencia en brujas.

Cuando las brujas se fueron diluyendo en la niebla de la incredulidad, no por eso se dejaron de perseguir con el nombre cambiado. Ya no se llamaba caza sino razón de Estado, purga, destierro a Siberia, pena de muerte, campos de concentración u hornos crematorios. Hitler y Stalin fueron grandes de cazadores de brujas, y la más famosa de los tiempos modernos, por estar involucrada en ella gente del cine, la organizó el senador Mac Carthy con su Comité de Actividades Antinorteamericanas. Hubo que desautorizarlo. Una falta tienen los cazadores de brujas, que le salen por todas partes y nunca se les acaban. Veo la Memoria Histórica y la apertura de las fosas comunes de los muertos republicanos en la Guerra Civil como una caza fantasmal de brujas y no como un acto de justicia. Para hacer justicia a los muertos republicanos hay otras maneras menos aparatosas y necrófilas: estelas funerarias con los nombres de los que se sospecha que están allí enterrados, por ejemplo, con cipreses y sauces para imitar a los romanos.

Ya tenemos indicios de que las brujas no se van a acabar nunca. Cuatro decenios dan para mucho. Primero, la nomenclatura de las calles y de las instituciones; luego la revocación de los honores recibidos en vida; más adelante los símbolos que no inventó Franco pero que lo parecen; enseguida las fosas, que es el trabajo más arduo e imposible de terminar; y, por fin, procesar a los sobrevivientes del bando franquista que hicieron la guerra. No serán muchos porque los más jóvenes andarán por los noventa años. Pero incluso en el supuesto de que todas las inquisiciones emprendidas por una estrategia política delirante se concluyan felizmente, todavía quedarán brujas en la Historia de España: espadones, conquistadores, obispos, ministros, Grandes de España o papas españoles. Las brujas crecen en cuanto se las inquieta.

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