Un amigo se embalaba en su discurso anglofóbico, a lo Blas de Lezo y su orientación mingitoria, cuando, habiendo despachado ya a los indígenas, la tomó con los anglófilos españoles. Entonces me miró un momento, calló y cayó: "Hombre, tu caso es distinto: siendo del Marco de Jerez sí se puede ser anglófilo sin menoscabo de españolidad". Conozco anglófilos manchegos, no digamos ya de Bilbao o de Asturias, de mucho empaque, pero preferí presumir con don José María Pemán, que hablaba de este rincón como de "la Andalucía inglesa", o del instinto infalible de Cervantes, que, cuando tuvo que escoger a "La española inglesa", la hizo, naturalmente, gaditana. Pero ya digo que apenas tuve tiempo de presumir: enseguida siguió con sus cañones por banda, a despecho del inglés, contra la Pérfida Albión.

En estas horas turbulentas de Inglaterra lo he recordado porque el brexit y sus vicisitudes no alteran en lo sustancial mi anglofilia. Mientras, hay quienes ven en todo el fenómeno la prueba del aislamiento de la isla o de su hundimiento; quienes braman contra los referéndums; quienes tiemblan por Europa; quienes ponen sus barbas a remojar; o quienes, al revés, se esperanzan con un spexit. Yo les leo a todos con inmenso interés, pero sin dramatismos.

En la UE, UK siempre arrastró los pies y nos miró por encima del hombro. Quizá ahora "a menos bulto, más claridad", y hasta puede que la Unión Europea se tiente más la ropa antes de entrar a saco en las soberanías nacionales y en las libertades individuales. Por otra parte, yo amo a Inglaterra como fruta de cercado ajeno, por distinta y única, así que no le voy a hacer feos a una singularidad más sostenida. Además, siempre he estado con Helene Hanff, la autora de la deliciosa novela 84, Charing Cross Road (1970), que desde Estados Unidos amaba la Inglaterra de los libros. Cuando se frustró un viaje largamente planeado para conocer por fin el país de sus sueños, miró a sus estanterías y dijo: "Inglaterra está en esta habitación". Eso no hay brexit que lo altere. ¡Si incluso en Inglaterra añora uno a la auténtica, a la de papel!

Para que nadie me acuse de romántico, reconoceré que este último percance del brexit me ha alegrado por una razón pragmática. ¿No será una segunda oportunidad para una negociación más rocosa de lo de Gibraltar? Lo cortés no quita lo valiente o, dicho de otro modo, lo chestertoniano no embota lo blasdelézico.

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