A estas bajuras ningún ser pluricelular puede poner en duda que la moción de censura a Mariano Rajoy fue una completa irresponsabilidad. La prueba más evidente es que el gallego se fue, pero aún queda el rastro de su aroma en forma de Presupuestos prorrogados. Y lo que queda. Guste o no, las finanzas españolas siguen gobernadas por Rajoy y la única herencia del primer (y quizás único) Gobierno de Sánchez ha sido la tumba abierta de Franco. Triste y negro epitafio.

Pedro Sánchez, que hizo saltar por los aires el Gobierno del gallego con la ayuda, entre otros, de los amigos del amonal y la parabellum ("Rajoy voló, voló"), ha sido incapaz de construir nada nuevo sobre los cascotes populares. No supo ni pudo aprobar sus propios Presupuestos y convocó unas elecciones generales que han sido devueltas a los corrales por cojas. Para colmo, en las últimas horas, ha tenido que ver cómo la única leyenda viva del socialismo hispano, Felipe González, y el ánima de Rajoy se han reunido en La Toja para chotearse de su figura y la de otros pavisosos de su generación: "Ahora mismo, los dos, como mínimo, somos Churchill", dijo el de Bellavista, provocando el descojono generalizado en la sala. No hay nada más peligrosos que dos viejos teleñecos dispuestos a tomarles el pelo a unos mozos torpes e inexpertos. La tarjeta dorada es un grado.

Sánchez forzó las elecciones del 10 de noviembre convencido de que le serían propicias. No se sabe muy bien en qué entrañas leyó tales augurios, pero el error ha podido ser fatal y en las filas socialistas empiezan a correr los escalofríos. Mientras tanto, Pablo Casado aceptó ayer el reto de los dos Churchills y se mostró dispuesto a una gran coalición entre PP-PSOE, una especie de monstruo hermafrodita que dejaría los prados de la oposición a la vacada antistema. No es fácil hacer de don Winston en estos tiempos que corren.

Rajoy, cuando vio que tenía perdida la moción censura, dejó que los subalternos se encargaran de rendir la plaza y se fue al Arahy para dar buena cuenta de unas anchoas de Santoña y un solomillo de vaca gallega. Del garito salió, ocho horas después, dando camballadas. Así caen los grandes. Hoy va por ahí soltando gallegadas, contento de saber que las finanzas españolas las sigue inspirando él. Mientras tanto Sánchez, el oportunista, no duerme atormentado por sus fantasmas electorales. Ya empieza a pensar en qué restorán se refugiará. Puede que sea un vegano. A él no le pega eso de ser un Churchill. El viejo bulldog conservador nunca se hubiese dejado fotografiar con gafas de sol en el interior de un avión.

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