Clásicos

Las influencias, dijo Jaime Gil de Biedma, hay que merecérselas, y no sólo soñarlas

En la revista literaria Litoral dedicada a Carlos Marzal, reflexiona el escritor sobre su obra e influencias. Mantiene que sólo como lectores podemos declararnos en deuda con los grandes autores.

Las influencias, dijo Jaime Gil de Biedma, hay que merecérselas, y no sólo soñarlas. Por eso los más indicados para juzgar esas posibles influencias nunca son los propios autores, sino sus lectores. Que sean los demás los que descubran el hilván frágil de las influencias. Nadie que escriba debería proclamar, por temor al ridículo, sus influencias sino como lector, nunca como escritor.

Los lectores solemos tener olfato y encontrar en las líneas de un buen libro o en los mejores versos actuales, sin son realmente buenos, la honda tradición que les precede, las lecturas que ha atravesado y aprehendido un autor.

Por conocer las fuentes y reconocer en los demás esas influencias, para saber que es verano, yo todos los años me bebo un clásico. Un novelón de una vez. Uno de esos libros que quedan para siempre y que en invierno no tenemos el ánimo disfrutón para dejarnos llevar. Al terminarlo hago el juramento de volver a entregarme a sus páginas, quién sabe cuándo, porque los buenos libros dicen cosas distintas según la edad y el momento de nuestras vidas en que los leamos.

Así tengo el primer verano de Fortunata y, el segundo, pasados muchos años, engolosinándome en cada página; el verano de La Regenta después de haberla leído con trampas en el colegio; el verano de La Montaña Mágica, el verano de Guerra y Paz, los veranos de Ana Karenina, el final de un verano con Crimen y Castigo, el verano de Misericordia y el de Resurrección. El picoteo de Las Novelas Ejemplares. Aquel verano difícil y único que duró hasta navidades con En Busca del Tiempo Perdido. Los veranos de El Quijote. El consuelo de tantos los finales de verano con los libros de Balzac.

Siempre he leído mejor en verano que en invierno. Todo me cala más y se queda suspendido en el aire, atado a mi muñeca como los globos de gas de los niños, temiendo que se escape, mirándolo continuamente sorprendida del milagro de su belleza.

Los clásicos, como las bicicletas, son para el verano. Estoy deseando terminar de leer a un autor actual consagrado para zambullirme en Los Bunderbrook. Cuando todo el mundo llegue a la playa con el último título publicado, con la novela policiaca de turno, yo me vestiré de época y decadencia. De verdadera literatura.

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