La columna

Bernardo Palomo

Colacaos a la carrera

MAÑANA de prisas, de amaneceres tempranos y a deshoras después del verano, de mamás nerviosas y al mismo tiempo contentas - muy contentas por ver terminada esa pesadilla que supone dos meses de niños en casa todo el día, trasteando y alterando una paz hogareña a la que, con ellos, es difícil dar forma -; primer día de clase, de colacaos a la carrera y bocadillos protestados; comienzo de curso escolar, de alumnos expectantes, que no ansiosos ni asustados como quieren vender titulares recurrentes y poco enterados; primer día de clase con alumnos por llegar a ese estamento natural para ello que es la vida escolar con sus amigos y en un colegio que, casi siempre, les aporta más atractivos que una casa con televisión esquiva, vomitando estupideces a todas horas; por la mañana ese programa edificante a donde ellos y ellas acuden a intentar cursar una carrera de surrealistas escenas que avergüenzan y, por la tarde, con ese otro donde una tal Belén encabeza un elenco de gratificantes primeras estrellas de un desecho hortera. Hoy se abre una escuela con recortes, con maestros abrumados por una administración de pocas luces, rumbos cambiados y nortes perdidos. Una escuela donde lo mejor está en los niños y en quienes los llevan hacia delante con sólo su entusiasmo y su mucha profesionalidad, a pesar de los escasos apoyos y la mínima valoración de una sociedad preocupada por sus infinitos problemas que les impide saber muy bien lo que existe más allá de lo que permite ver su galopante miopía existencial. Ánimo a los maestros, sensatez y sentido común en una escuela que sólo ellos seguirán haciendo grande y necesaria, a pesar de los unos y de los otros.

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