Su propio afán

Consenso y escorzo

Resulta raro que unos partidos obsesionados por la imagen adopten determinadas posturas

EL reinaugurado espectáculo de los partidos políticos repartiéndose los puestos de los órganos constitucionales del Estado no es muy edificante. De inmediato, nos vuelven a entrar muchísimas dudas acerca de la separación real de poderes, aunque luego venga el Tribunal Constitucional, cual Pepe Gotera y Otilio, a encajarlo todo en el ordenamiento a martillazos. En buena teoría, lo ideal sería que los organismos fueran lo más autónomos posible, desde el nombramiento de sus miembros hasta su financiación.La cosa es aun peor, porque, ni siquiera ejecuta el Legislativo. Son los partidos los que verdaderamente se reparten el bacalao, como se dice. Ya sé que los defensores de esto aducen que no es un enjuague, sino la manera de que la voluntad popular expresada en las urnas termine configurando todas las instancias estatales.

Habría otros métodos. No me parecería disparatado hacer elecciones generales para determinados órganos, como el Poder Judicial. Quizá terminarían contagiándose de partidismo, sí, pero serían otra oportunidad de 1) oír directamente la voz del pueblo y 2) de fomentar un debate público centrado en la administración de Justicia, que no es un tema en absoluto menor ni automático ni exento de implicaciones políticas –como estamos viendo– de todo tipo.

Otra posibilidad sería el nombramiento parlamentario, vale, pero dejando libertad de voto a los diputados, de forma que la disciplina de voto no terminase dejando la decisión a los mandamases de sus partidos en sus oscuros (o luminosos (lo mismo da)) despachos.

Más acá de lo jurídico, de lo político y de lo institucional, hay un factor estético al que yo daría bastante importancia. Este repartirse los puestos los partidos de este modo transmite una imagen que trae irremediablemente a la memoria la escena final de Rebelión en la granja de George Orwell. Cuando los animales, que están reventados de trabajar, se asoman a la ventada donde sus líderes, los cerdos (con perdón), negocian con sus rivales, los hombres, y ellos no consiguen distinguir a unos de otros. Quizá tengan más racionalidad los argumentos a favor del Estado de Derecho y la división de poderes; pero esta sensación estética, si cala en la gente, como puede estar haciéndolo, es, en su vaguedad simbólica, mucho más poderosa y más peligrosa. Los partidos políticos, con tanta importancia como dan a la imagen, harían bien en evitar ciertos escorzos.

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