Entre las muchas consecuencias que ha traído la pandemia, además de las físicas, están las psicológicas, esas que llegan sin que se les llame y que perjudican el equilibrio emocional de quien las padece. Una de ellas es la soledad no deseada, una realidad que está afectando a muchas personas por el aislamiento al que se han visto sometidas.

De la noche a la mañana los hábitos se tuvieron que modificar y se dejó de frecuentar a familiares y amigos que formaban parte de la vida diaria. Ir a la compra, caminar por la playa, dar un paseo o tomarse una cervecita con los amigos, se convirtieron en actividades de riesgo que fueron dejando a los más vulnerables a la orilla del camino.

Hay soledades deseadas, soledades que se buscan para estar tranquilos o para tener más libertad, da lo mismo. La soledad que se añora es bondadosa, pero la soledad impuesta es lastimera. Y ésta última es la que muchos individuos han encontrado en su camino a causa de un virus que irrumpió en nuestras vidas de manera inesperada.

Cuando una persona está sola contra su voluntad, aparece un sufrimiento que le provoca una congoja, un letargo y una añoranza que desembocan en una inestabilidad interior. Entonces tiene que echar mano de las muletas en un intento desesperado de compensar la pérdida de los apegos sociales.

Aparece una nostalgia del pasado, de lo que ya no se puede hacer, de la cotidianeidad que se ha ido y de la complicidad con los otros.

Los avances tecnológicos que nos permiten vernos a través de una pantalla no sustituyen el calor de un abrazo, la emoción de una mirada o la sonrisa espontánea del que camina a nuestro lado.

Menudo mundo tenemos, incapaz de vencer al virus, con la economía rota, con las rutinas alteradas, con los corazones cojeando y con un futuro lleno de telarañas. Pero el ser humano podrá recomponerse como lo ha hecho después de las grandes guerras. No será fácil, habrá que empezar por responder a la pregunta de quienes queremos ser, porque si seguimos siendo los mismos, nada cambiará.

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