Es un atentado contra la igualdad. Eso al menos argumenta el Ayuntamiento de Zaragoza para prohibir que se publique un almanaque en el que posan los bomberos de allí (que están bastante macizos, por cierto) y con el que pensaban recaudar fondos para una buena causa. Los muy atrevidos, en vez de retratarse en bata y con pantuflas, tenían la costumbre de posar cada año despechugados, sacando músculo y en unas actitudes tan provocativas que, más que a apagar fuegos, parecía que se dedicaran a encenderlos con frenesí.

Por tanto, se entiende que estos vigilantes de la decencia municipal que ahora gobiernan en Zaragoza hayan querido censurar unas fotos tan cachondas argumentando que son sexistas y atentan contra la igualdad. Tal como suena. ¿Pero acaso no es un agravio comparativo exhibir a unos tipos que están como un tren? La gente que no está cachas no tiene por qué sufrir semejante atropello.

Y aunque este vicio no es nuevo, pues ya el propio Miguel Ángel demostró su desprecio por estas causas igualitarias esculpiendo aquellos cuerpazos que se sacaba del mármol (en vez de tallar señores bajitos y enclenques), es verdad que para muchos ha llegado la hora de poner freno a ese derroche de carne fresca. Quizás para alcanzar la justicia social lo que habría que hacer es censurar, ya de paso, las películas de Monica Belluci, cuya belleza no es que atente contra la igualdad, es que es puro terrorismo contra la gente feota.

Alguien podrá maliciar que estos concejales moralistas tal vez se estén pasando de la raya al vetar unas fotos que en otra época ni se plantearía censurar. Pero también hay que tener en cuenta que hay obsesos que ven cosas obscenas en los cuerpos desnudos y en los que están a medio vestir, en las formas de las nubes, en las latas de mejillones y en el mango de los paraguas. Y hay que entender que esas personas también pueden llegar a gobernarnos.

En su afán por poner orden en todo este desenfreno que empezó con la minifalda y se desmadró con la liberación sexual, los nuevos centinelas de la virtud, como no quieren que se les confunda con los puritanos de toda la vida, se las tienen que ingeniar para sermonear contra la carne y la lujuria, pero sin hablar ni de pecados ni del demonio, lo cual resulta un poco difícil. Afortunadamente estos aprendices de inquisidor son bastante incultos, porque si un día se enteraran de que Goya pintaba señoras en pelotas, o de que Buñuel hizo que Silvia Pinal enseñara las tetas en una película, Aragón se iba a quedar sin dos de sus más célebres creadores.

La última vez que estuve en Zaragoza me llevaron al Plata, un café cantante donde se ven culos a discreción y algún que otro tetamen. No me entusiasmó, porque a mí el cabaré me parece anticuado, pero no me arrepiento de haber ido. Sobre todo ahora que este tipo de espectáculos cuenta con unos enemigos que los prohibirían por atentar contra las buenas costumbres. O contra la igualdad. O la fraternidad, que ya se pierde uno.

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