Los que son un poco más mayores que el que esto les escribe cuentan como en Jerez existía una de las Ferias Taurinas más importantes de España, cuentan que las primeras figuras anhelaban hacer el paseíllo en una plaza exigente que concedía mucho y abría muchas puertas de otros cosos; cuentan que los ganaderos escogían lo más selecto de sus campos para traerlo a Jerez, cuentan de una afición entendida y rigurosa; cuentan que hubo una corrida concurso de ganaderías cuyo premio garantizaba el prestigio y la máxima bravura, cuentan que una Corrida del Arte del Rejoneo concitaba el unánime interés y los más importantes caballeros estaban presentes para gozo de un público amante del bello animal; también, cuentan que la plaza se llenaba a reventar y la gente buscaba con pasión una entrada para tan importantes festejos. Pero hace tiempo que todo esto es historia y que sólo algunos afortunados lo conservan en los recodos de sus almas. Hoy la Feria Taurina de Jerez es un remedo pobre de lo que fue - quizás, ni siquiera eso -. Para las figuras no es plaza fundamental ni un éxito rotundo les abre absolutamente nada; los ganaderos traen a Jerez lo menos atractivo que tienen en sus vacadas y que, les costaría, vender en otros sitios; toros que son novilletes, sin presencia, sin fuerza y sin nada; animales que pasan reconocimientos sin problemas y que hacen pensar en sorteos con espurios criterios; los tendidos están poblados de público llegado del Hontoria pasado de jugosas libaciones y de muy pocos aficionados expertos; las orejas se conceden por casi nada; hay vueltas al ruedo propias del Circo Price; se aplauden sin rubor infames bajonazos; el tercio de varas no existe y los picadores son carne de ERE; el rejoneo ha desaparecido en una Feria que se llama del Caballo. Es la crónica de una muerte anunciada. Y, mientras, los desinformados antitaurinos se molestan en protestar.

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