Postrimerías

Cultura

Los bonos son una iniciativa de clara orientación populista, inútil e innecesariamente gravosa

Sólo con la elección de los sucesivos ministros del ramo, el actual presidente del Gobierno ha dejado clara la escasa importancia que concede a la cultura, palabra que para la mayoría de los políticos tiene una significación difusa, vagamente prestigiosa pero un tanto esotérica, definitoria de un mundo muy alejado de sus preocupaciones e intereses. Con razón podría argüirse que algunos de sus predecesores ni siquiera consideraron oportuno dedicarle un Ministerio específico, pero esto, en realidad, es lo de menos, pues ya tenemos suficientes funcionarios de todas las administraciones dedicados a la cosa e importa más la identificación de las prioridades y la dotación de los presupuestos que el cargo que ocupe el máximo responsable de ese negociado o si se sienta o no en el consejo de ministros. Ya se sabe que la cultura, en la cada vez más amplia extensión del término, es algo muy anterior a la invención de los ministerios de Cultura, un hallazgo relativamente reciente -de inspiración francesa y por más señas gaullista, con antecedentes en la Prusia de Bismarck- que sigue planteando dudas razonables, es decir, no relacionadas con el habitual recelo libertario frente a todo lo público. En El Estado cultural, el siempre lúcido Marc Fumaroli alertó de los peligros de una política ideológica que tendía a convertir a los burócratas y los profesionales de la cultura en sacerdotes de una "religión moderna", opuesta en todo al conocimiento. No es necesario compartir la visión reaccionaria del gran crítico marsellés, un nostálgico de la grandeur y el Antiguo Régimen que no disfrazaba sus planteamientos elitistas, para darle la razón cuando denuncia los males de una oligarquía extractiva, apoyada por redes clientelares, que por una parte convierte las manifestaciones culturales genuinas en mero espectáculo, el consabido show business, y por otra asume entre sus funciones la propaganda y el adoctrinamiento. Recordábamos el ensayo de Fumaroli a propósito de los anunciados bonos, una iniciativa de clara orientación populista que no deja de serlo porque otros países europeos hayan puesto en marcha medidas similares, es decir, igualmente inútiles e innecesariamente gravosas para las arcas públicas. Más que esta clase de dádivas indiscriminadas, que no representan el más mínimo estímulo para que los jóvenes -los de una sola añada, limitación ciertamente sospechosa- se interesen por las letras, las artes, la música o el cine, lo que hace falta es que reciban una verdadera educación que les permita apreciar lo que tienen a su alcance. Hay mucho y bueno disponible sin necesidad de recurrir a la interesada magnanimidad del César.

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