Dentro de poco en vez de asistir a debates entre dos, como hace unas décadas, a tres bandas, como hace años, o a cinco, como esta semana, estaremos debatiendo entre un número mucho mayor. Quizás al de los números primos de todos, o, casi seguro, al del sesenta y nueve supermanido porque por aquello de joder a los demás son capaces de eso y de mucho más. Después de debates infructuosos, de elecciones sobreseidas y del dispendio de dinero público uno no sabe qué pensar. Podríamos hacer oídos sordos de las encuestas, leer tratados de aritmética de los escaños con ironía, hacer un máster en reconocimiento de mentirosos y de cojos, pero siempre nos quedaría la duda. Sigue adelante el tiovivo circense de las opiniones sobre lo que estamos viviendo en estos meses y casi todas las opiniones se debaten en dos frentes. Por un lado, el de los verdaderos problemas de los ciudadanos de a pie en la calle Larga, en el paseo marítimo de Valdelagrana, en los sillones insoportables de los hospitales o en los recreos de Infantil de nuestros coles, y por otro, ese otro frente de cartón piedra que ellos abren, a diario, aburridos como están por no ser verdaderos servidores públicos. Se sacan de la chistera debates sobre los cargos de confianza, sobre los dineros públicos no justificados, sobre las banderas de colores no catalogadas, sobre las justificaciones de decisiones sin sentido o sobre los recortes en todo aquello que no tenga una relación directamente proporcional al voto que se pueda conseguir sin esforzarse en más. Entre adláteres de la mediocridad que no tienen sentido de la vergüenza y aprovechados de un sistema que prima el clientelismo subordinado, estamos abocados a debates vacíos de contenido para engaño del personal. Menos mal que estos días celebramos la cultura del enoturismo y del vino del marco, porque podría ser la única explicación de que los efectos del alcohol lleven a tanta inconsciencia.

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