HABLANDO EN EL DESIERTO

Francisco Bejarano

Decisiones inaplazables

EN la historia antigua encontramos ejemplos que podemos aplicar hoy mismo en el mundo civilizado heredero de la cultura clásica. Más que herederos, somos los mismos, porque en la formación de Europa ha habido muchas guerras y revoluciones, un cambio de religión, varios cismas, la caída de imperios que parecían incontestables, una evolución de las ideas, las ciencias y las artes; pero, y esto nos hace únicos en el mundo, sin rupturas en lo esencial desde los griegos hasta hoy. No hay vacío en la consecución de la modernidad, sino un continuo del que carecen las dos o tres culturas importantes del mundo, obligadas a adoptar el sistema de pensamiento europeo y dar un salto que, por sí mismas, les hubiera costado siglos. Europa le ha ahorrado tiempo a otras culturas, pero no ha podido, ni puede, llenarles el vacío de la ruptura, aunque conserven tradiciones admirables y la mala tentación de aislarse.

Los europeos podemos relatar la visita del cónsul romano Popilio Lena al rey de Siria Antíoco IV Epifanes, el de los hermanos Macabeos, como si fuera la anécdota de un antepasado cercano. Antíoco amenazaba las fronteras orientales romanas y Popilio, al frente de una embajada, le instó a que desechara cualquier pretensión sobre territorios romanos o protegidos de Roma. El rey le pidió un plazo para pensárselo, pero el cónsul trazó con su espada un círculo alrededor del rey y le amenazó con que no saldría de él sin tomar una decisión. Antíoco, que vio la resolución del cónsul y conocía bien al ejército romano, y había vivido en la propia capital del imperio, accedió a lo que se le pedía. Las decisiones para solucionar problemas ineludibles del presente o que se ven venir en un futuro inmediato son inaplazables.

Lo mismo que hay parlamentos y tribunales para llamar al orden a los gobernantes irresolutos, o que un día dicen una cosa y a la mañana siguiente otra, o que piden plazos para buscar remedio a ver si los problemas se solucionan solos, debería haber un cónsul popiliano que trazara el círculo del que no se pueda salir con crédito político y aun con vida civil. Está bien no alarmar a la población, un principio político de orden interno que los gobiernos antiguos y modernos han respetado como medida de protección; pero cuando hace 70 años Churchill le decía a los británicos que estaban embarcados en una guerra de consecuencias todavía difíciles de prever, lo hacía con serenidad y confianza, con palabras de aliento y la seriedad de los grandes hombres de Estado ante situaciones graves. Sus compatriotas contribuyeron a la victoria porque se sabían bien gobernados. La imprecisión, la indecisión, los bandazos, la falta de firmeza y autoridad y dar la sensación a los ciudadanos de no saber qué hacer acaba con el gobierno mejor intencionado y trae alarma, desánimo y conciencia de derrota.

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