Veo en la tele un saqueo en un supermercado de Santiago de Chile, luego veo estaciones de metro ardiendo y militares patrullando las calles. Curiosamente, Chile es el país más rico y seguro de Sudamérica -el 90% de sus habitantes daría una mano por poder vivir allí-, pero una simple protesta por el aumento del precio del billete de metro ha desatado unos disturbios que parecían inimaginables hace pocos años. Y todo esto sucede mientras hechos muy parecidos se producen en Ecuador, en el Líbano, en Iraq o en Francia, donde aún siguen las feroces protestas de los "chalecos amarillos". Y no podemos olvidar las protestas de Cataluña, donde la excusa del independentismo también ha servido para sacar a flote el descontento de mucha gente. ¿Qué nos está pasando?

Supongo que bajo la fachada superficial de prosperidad y estabilidad, están asomando las grietas de un modo de vida que no acaba de resultar satisfactorio para una gran parte de la población. Chile es un país ejemplar en muchas cosas -hay amplios consensos políticos, la corrupción es escasa, la lucha contra la pobreza ha tenido éxitos innegables-, pero al mismo tiempo los salarios son bajos y las necesidades básicas (electricidad, educación, sanidad, transporte) son cada día más caras. Y sobre todo, se está extendiendo esa incurable patología contemporánea que desconfía de los políticos -de todos ellos- y que le exige al Estado unas costosas prestaciones que muchos estados no están en condiciones de ofrecer. El resultado son estos saqueos y estos incendios. Puede que estas protestas remitan, sí, pero si llega otra crisis económica -y parece que ya está aquí- esas protestas se convertirán en mucho más violentas de lo que ya son.

Sé que hay muchas razones para sentirse estafado. Ahora bien, cuando un incendio se inicia es muy difícil apagarlo. Y este descontento -que surge de causas muy reales- podría desembocar en una furia nihilista que destruyera todo lo que funciona medianamente bien en el Estado del bienestar (la sanidad, la enseñanza). Comprendo -aunque no comparta- que mucha gente sienta el deseo de protestar, pero el vacío que deja el Estado -si es destruido por una multitud encolerizada- no lo llenan jamás los solidarios seres de luz, sino los mafiosos y los criminales que imponen su ley del más fuerte. Basta ver lo que ha pasado en México.

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