Entre las grandes ventajas de escribir en la prensa provincial, el contacto directo con los lectores. Los que escriben en la nacional, tendrán tal vez más lectores, pero no gozan de tal densidad de ellos por metro cuadrado. Es fácil que, por la calle o al entrar a un bar, te digan que te leen, y es estupendo. Nunca están de acuerdo contigo del todo, precisan precipitadamente, no vayas a confundirlos, y es natural, les dices. Y, si te cuentan el motivo del desacuerdo, hasta lo compartes, de lo bien que lo explican.

La pena es que las ideas para los nuevos artículos que me regalan, aunque yo sí las comparta a menudo, no me sirven. ¡Con la falta que me hacen! "Di que esos políticos son unos cabritos", por ejemplo. "Da más caña". "Que se vayan de una vez a hacer puñetas", es otra variante, que transcribo un poco suavizada. Pero es la idea.

Lo que me ha dado otra idea. La ventaja de escribir columnas es que uno tiene que ingeniárselas para justificar sus justas indignaciones. Si la poesía, según William Wordsworth es el desarrollo de una interjección, un artículo podría definirse como el despliegue de una intuición. Y del mismo modo que el desarrollo poemático permite entender mucho mejor los sentimientos comprimidos del corazón humano, el despliegue que exige el artículo aclara las posturas propias.

Tener que sostener tu pronto en el tiempo y en el espacio (2500 palabras) y en la racionalidad (tres o cuatro pensamientos hilvanados) no tiene por qué enfriar el fondo de una posición, pero sí la civiliza. En el ritual de dar razón a tus razones, se racionalizan.

Por eso tal vez el columnismo sea el género literario por excelencia de la democracia contemporánea, sobre todo desde que los discursos políticos renquean en oratoria y cuesta tanto escuchar uno sólido y fluido (valga el oxímoron). Convendría, pues, estar atentos a la salud del columnismo (ahora mismo en España es sobresaliente, que no todo van a ser malas noticias) y a su libertad de expresión. Los tuits y los posts de las redes sociales, tan divertidos como son, y tan indispensables, se parecen demasiado (es su virtud y su peligro) a las interjecciones que nos regalan en la calle.

Estoy completamente en contra de prohibirlos y los agradezco como las ideas que me proponen algunos, tan expeditivas. Sólo añado que las columnas de los periódicos han de ser a la fuerza otra cosa y que, por eso, hacen falta también.

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