HABLANDO EN EL DESIERTO

Francisco Bejarano

Día de Europa

A UNQUE Napoleón tuviera una idea de Europa a la romana, reformada a la fuerza y a la carrera, no es el mejor ejemplo que podamos poner. Europa, como idea de un territorio, contrapuesto a Oriente, que poco a poco va siendo conquistado por una misma cultura, no es anterior a Grecia ni se consolida hasta después de la caída de Roma por acción de la Iglesia. Los conceptos de Europa, Latinidad o Cristiandad vienen a reflejar ideas muy emparentadas. Desaparecida Roma como imperio, aunque fuera nominal, la Iglesia continúa la romanización de las zonas aún paganas. San Gregorio Magno y san Benito hicieron más por la unidad de Europa que el intento de Carlomagno, que duró lo que él. Las universidades enseñaban en latín desde Londres a Cracovia. El arte, con sus variantes, era de idénticas fuentes, y los tratados teológicos y científicos se escribían en latín para que toda persona culta tuviera acceso a ellos.

La unión de la cristiandad europea nunca fue una realidad sino un deseo. El Renacimiento no significó una fragmentación cultural. La vuelta a los clásicos y la difusión rápida de las obras científicas y las ideas por medio de la imprenta y las universidades, más la formación, en Occidente, de las primeras naciones modernas con las uniones de reinos muy parecidos entre sí, cohesionaron más que separaron. Las manifestaciones artísticas y literarias tenían un vínculo común que no se ha perdido nunca. La fractura de la cristiandad con la llegada de los turcos y, más adelante, la Reforma, sí supuso una fractura que no se ha resuelto aún; pero política, no exactamente cultural. El Romanticismo tomó la Edad Media como modelo estético y lo aprovechó para reclamar, sobre todo en Europa oriental, los reinos y las lenguas minúsculas que se formaron en el periodo medieval.

Los nacionalismos románticos llegan a nuestros días. Después de Kosovo y, en América, del intento de restauración de las instituciones incaicas, parecemos ir con buen pie a la realidad de la nueva Edad Media que se nos anuncia para dentro de un siglo, si la política de fragmentación le facilita el camino. Puede impedirlo o estorbarlo la Unión Europea, una alianza económica entre vecinos con antepasados étnicos y culturales comunes. Depende de los políticos, naturalmente. Las estrategias políticas nos deparan sorpresas y asombros continuados, no ya en los Balcanes, que siempre fue un avispero, o en Rusia, sino en Gran Bretaña y España, incluso en Italia y, en menor medida, en Francia. El nacionalismo romántico hizo estragos, pero no terminó -no ha terminado- con la idea de Europa, que, según, Bernard Voyenne, en su Historia de la idea europea, con sus problemas y altibajos, es una conciencia viva que no morirá nunca y triunfará.

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