Sine die

Diario desde el monasterio

Ha bastado que una parte pequeña de la población se haya vacunado para que muchos hayan perdido el miedo

Hace unos años leí el libro de Henry Nouwen que lleva este título y que recoge en un diario la vida cotidiana que siguió durante un año de estancia en la hospedería de un monasterio trapense, conviviendo con los monjes e intentando cumplir su horario y régimen de vida. Nouwen fue un sacerdote y profesor universitario holandés que quiso aprovechar el año sabático concedido por su universidad para retirarse de la vida diaria, sometida al estrés docente y al ruido de la gran ciudad.

El cambio de vida fue tan grande que pasó de preparar clases, dar conferencias y participar en programas radiofónicos, a cuidar el jardín, amasar pan, planchar o ayudar en la cocina, según fuese tocando en la distribución del trabajo semanal. Al principio fue la adaptación, luego la paz interior y la monotonía, incluso llegó a experimentar una cierta añoranza de algunas cosas de la vida que había abandonado por un tiempo, con cierto temor, según confesó, a ser orillado y apartado de los medios de comunicación y ver disminuida la consideración de sus alumnos.

Llegada la hora de abandonar el monasterio y volver a la universidad, pensó que la experiencia le había cambiado para siempre, que su vida a partir de ahora estaría plena de equilibrio y armonía, que su escala de valores sería diferente y la paz interior estaba asegurada. Quince días después, escribe un epílogo en el que confiesa que la experiencia no le ha servido para nada, que solo duró mientras duró, el tiempo que permaneció en el monasterio. Regresado a las tareas universitarias, el estrés había vuelto a hacer mella en él, las prisas dificultaban su paz interior y el ruido de las calles le impedía a veces conciliar el sueño.

Lo mismo creo que nos pasará a todos cuando termine esta pandemia que esperemos pronto sea un recuerdo y pase a manos de los historiadores. Ha bastado que una parte, todavía pequeña, de la población se haya vacunado para que muchos hayan perdido el miedo. Algún ingenuo pensaba que después de esto la sociedad sería otra, que saldríamos reforzados definiendo la situación con el pretencioso término de resiliencia. Nada más lejos de la realidad. El día del levantamiento del toque de queda, la gente se echó a la calle como si su equipo hubiese ganado la Liga y la imagen de la Puerta del Sol parecía la de fin de año. Como le pasó a Nouwen, no cambiará nada, todo está atado y bien atado.

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