Arquitectura La belleza intangible

Ramón González de la Peña

Dios lo ve (2)

El arquitecto romano Vitrubio escribió hacia los años 20 A.C. el primer tratado sobre arquitectura al que tituló De Architettura. En diez libros recogía el saber sobre la ingeniería, la arquitectura y otras artes próximas como la hidráulica o que en nada se acercan hoy a aquélla como el de los instrumentos bélicos. También enunciaba las tres cualidades principales que todo edificio debería poseer: Firmitas, Utilitas y Venustas, es decir, que todo edificio ha de ser estable, seguro estructuralmente; útil, debe facilitar la función para la que fue construido; y hermoso, ha de ser un objeto en el que la armonía y la belleza se sientan al recorrerlo, al usarlo, al vivirlo.

La ingeniería y la arquitectura iban de la mano en esos tiempos. Muchas de las principales contribuciones de la cultura romana tienen que ver con la arquitectura/ingeniería hidráulica, es decir, con la construcción de los elementos para el abastecimiento de agua: acueductos, canales, sifones, cisternas... Muchos fueron construidos tan firmemente que dos mil años después siguen siendo útiles o continúan firmes. Y también permanece la belleza de la obra bien hecha. Todas esas obras fueron construidas con la racionalidad propia de la arquitectura romana. Los aljibes fueron proyectados como espacios cuajados de columnas formando una malla equidistante, cuyo antecedente constructivo fueron las salas hipóstilas de los templos. Hasta entonces las luces entre columnas se salvaban con vigas o dinteles horizontales. Los romanos incorporaron el arco, que permite aumentar la distancia entre los soportes y, además, construirlos con piedras de menor tamaño, ya que los arcos se componen de muchos trozos colocados con ingenio.

Una de las cisternas más espectaculares es la de las mil columnas, edificada en Constantinopla, cuya escala de doble columna unidas por un anillo, la convierte en un espacio, si cabe, de mayor monumentalidad. Viendo la planta de ese espacio continuo, isótropo, es decir sin una dirección principal definida, contenido por los cuatro muros del rectángulo que lo limita, es fácil acordarse de la mezquita de Córdoba, una de las construcciones más hermosas que la tierra de Al Ándalus produjo, un gran contenedor donde rezar al abrigo de la intemperie. La gran mezquita fue construida entre los siglos VIII al X, en sucesivas ampliaciones. Para ello se utilizaron columnas y capiteles procedentes de edificios romanos y visigodos, elementos dispares entre sí, por lo que el replanteo de la mezquita comienza en el plano horizontal virtual del que arrancan los arcos de herradura. Las columnas se suplementan con basas de diversos tamaños hasta alcanzar dicho nivel horizontal. Los arcos de herradura dan estabilidad estructural y los de medio punto que los suplementan en altura para mejorar la espacialidad, reciben la carga de las cubiertas.

Aunque hubo algunas modificaciones del edificio desde que Fernando III el Santo conquistara la ciudad en 1236, fue durante el siglo XVI cuando se produjo su gran transformación con la obra del arquitecto Hernán Ruiz II, que edificó una catedral renacentista en el centro de ese espacio hipóstilo uniforme. Es fácil imaginar la emoción de los Hernán Ruiz, padre e hijo, ante tamaño encargo. Actuaron con sutileza, apenas se percibe la iglesia desde el espacio general. Introdujeron también una luz que hasta entonces apenas estaba presente. Podemos imaginar cómo fue antes de esta intervención, que de no haberse realizado, sería impensable. Hacia el exterior el volumen es muy potente en relación a lo existente. Pero más parece un volumen resultado del interior, sin pretensión de simbolismo hacia afuera. El simbolismo se concentra en la torre externa sobre la tapia que cierra el patio. El resultado final sintetiza los valores artísticos de Oriente y Occidente y ambas culturas conviven en él con armonía. Afortunadamente la arquitectura permanece aséptica y recurre sin reparos a la enseñanza de los precedentes, vengan de la cultura que vengan.

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