Mi prioridad en el artículo del jueves sobre el acto de Estado de homenaje a las víctimas era estar cerca de los familiares y del rey. Luego, me temía lo peor; pero fue peor de lo que me temía.

No se trató sólo de las evidentes dificultades que tiene cualquier ceremonia funeral laica para estar a la altura de una católica. En la forma, por un rito que, a pesar de los quintacolumnistas litúrgicos, tiene siglos; y, en el fondo, porque no puede ser jamás lo mismo la esperanza en la vida eterna que unas referencias vaporosas a la memoria colectiva.

Sin embargo, la ceremonia laica tenía su razón de ser en cuanto que el Estado es aconfesional y entre las víctimas las habrá habido de todas las religiones y de ninguna. ¿Por qué ha resultado peor? Porque se ha planificado con ánimo polémico en vez de con el ánimo acogedor que era su mejor posibilidad. Tanto la fecha elegida, como el lugar, como el escenario, como las ropas, resultaba pensado para remedar o remediar lo sacro, e irritar a media España.

Que a tantos nos haya chocado tanto el desarrollo del acto demuestra que, si no fue premeditado, fue muy torpe. Porque es muy difícil conseguir esta unánime división de opiniones, si me perdonan el oxímoron, que se entiende perfectamente. Y que todo fuese aderezado, encima, de incesantes e interesadas llamadas a la unidad no deja de ser un sutil modo de azuzar la división. Pasa como cuando en una discusión uno le exige al otro constantemente que no se ponga nervioso, poniéndolo cada vez más nervioso en cuanto que le obliga a negar repetidas veces que está nervioso. Para conseguir la unidad no habría mejor manera que aceptar la crítica, ponerse en el lugar de los críticos, darles la razón en lo que la tienen y, sobre todo, amparar su derecho a discrepar. Del mismo modo que paz no es la de los cementerios, unidad tampoco puede ser la del aplauso por decreto a Sánchez y a Simón.

El Gobierno no busca la unidad: trata de movilizar a los suyos forzando las disputas. Es el viejo "nos conviene que haya crispación" que Zapatero confesó a Gabilondo y que practicó (un poco de memoria histórica) con constancia. De la división siempre sacan pingües dividendos los divisores (el que parte y reparte). Es un juego peligroso al que los ciudadanos de a pie, cada uno con su opinión, no deberíamos entrar. Todos tendremos nuestra responsabilidad, pero los responsables políticos (nomen omen) más.

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