HABLANDO EN EL DESIERTO

Francisco Bejarano

Doma de la juventud

Los jóvenes españoles son más mansos que hace unos años, dicen los expertos, entre ellos el conocido sociólogo Salustiano del Campo, y la causa es el sistema educativo. Ni siquiera los universitarios se sienten integrantes de un grupo amplio que puede presionar con sus protestas. Se han vuelto individualistas y en las redes sociales el porcentaje de comentarios sobre política o problemas sociales es muy bajo. Hay otras causas, todas derivadas de una educación nefasta, que no prepara a los jóvenes para madurar, ser hábiles y fuertes para enfrentarse a los problemas naturales de la vida: un hedonismo muelle y superficial que poco o nada tiene que ver con el griego; la excesiva protección familiar, que cría hijos débiles, cuando no inútiles, para la vida adulta; el escaso apoyo sindical si gobierna un partido de izquierdas o que dice serlo; y, en suma, el deterioro y el descenso de la educación, incluida la universitaria.

También influye el que los estudiantes, sobre todo los universitarios con previo adoctrinamiento en el igualitarismo, hayan perdido la consciencia de pertenecer a una clase intelectual superior llamada a ser dirigente de la sociedad. "Los estudiantes franceses se manifiestan mientras los españoles beben", tituló el 'Times'. En Inglaterra no se ha descuidado aún el estimular a los estudiantes mejores para que sobresalgan, como es norma en las sociedades que avanzan en pro del bien común; en España la política educativa es la contraria, tanto más cuanto más castiga la crisis económica: domar a los mejores para igualarlos con los peores, fomentar el gregarismo y la sumisión, y anteponer el pensamiento común a la conciencia individual, propio todo de las sociedades estancadas. Los jóvenes salen a la calle por una confusa guerra en Irak o por el naufragio de un petrolero, pero no si se les quita el subsidio a los parados o se recortan los sueldos más modestos.

Los estudiantes españoles que se manifestaban poco antes de la caída de la dictadura de Primo de Rivera no eran jornaleros indigentes, sino hijos de las clases acomodadas con influencia en la sociedad. En los años sesenta ya se manifestaban muchos de los que iban a formar la nueva clase media, y en la descomposición del franquismo los universitarios eran de origen muy diverso, pero ninguno de padres pobres del todo. Sin las necesidades cubiertas y sin una educación en las libertades individuales, en una identidad elitista y en la capacidad de analizar y criticar, difícilmente se puedan reclamar valores sociales superiores. Los estudiantes que impiden una conferencia en la Universidad del cardenal Rouco, por ejemplo, no han sido educados en el espíritu universitario, en el que todo estaba sujeto a crítica y discusión, sino en el dogmatismo y el sectarismo empobrecedores que estancan a las sociedades inteligentes y las hacen quebrar.

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