Ha muerto Manolo Domecq Zurita. Lo conocí hace muchos años en su casa, donde, con Francisco Bejarano, me invitó a almorzar. Se las ingeniaba para que el espléndido palacio de Camporreal no te aplastase. 700 años perteneciendo a su familia, sí, pero terminabas riéndote. La majestuosa escalera tenía dos grandes cuadros de batallas enfrentadas. La del Guadalete, a la izquierda, cuando se perdió España, y la Reconquista de Jerez a la derecha; "y en las dos hubo antepasados míos", precisaba. Te enseñaba aquel salón en que un abuelo suyo hacía llenar distintas bañeras con agua de mar del Puerto, de Sanlúcar, de Conil, entre otras playas, y derramaban alrededor las respectivas arenas. Así podía decidir dónde le apetecía bañarse sin el incordio de salir de casa.

Aquel día me preguntaron cómo iba a ser la vida eterna. Pedí el comodín de Dante y me puse a hablar de la Divina Comedia. Pero no, el maestro de poetas y el mítico empresario de ida y vuelta de México y de medio mundo querían saber mi opinión. Yo no daba crédito.

Luego ha sido siempre así. Manolo te hacía sentir que eras el importante, aunque a mí no me engañaba, porque, si bien no fui capaz de dar razón de mi fe respecto a los novísimos, sí me sabía mejor el evangelio de que los grandes se hacen servidores de los demás. La amistad de Manolo me prestó un gran servicio, por cierto, porque mi abuela política le tenía en gran estima y yo gané unos puntos, que buena falta me hacían, trayendo y llevando recuerdos del Puerto a Jerez. Cuando Manolo conoció a Leonor, mi mujer, le divertía recordarle su lejano parentesco, aunque eso no me postergó. Nuestra amistad la cimentaba el hondo respeto de Manolo por la poesía. Lo que retrata su finura de espíritu.

Manolo se nos queda en el gesto inolvidable de levantar una copa, brindar y bebérsela tan bien; en esos bellísimos fotogramas talmente gatopardescos de El misterio del palo cortado, la hermosa película de López-Linares; en las Las lágrimas [con sus risas dentro] del vino, la espléndida biografía escrita por Carmen Oteo; en la esmerada conservación de su casa-palacio; y en cosas más eternas aún, como el amor de Carmen, y de sus hijas. Y, sobre todo, en ese Más Allá que ahora él conoce de primera mano, siempre nuestro pionero en otros mundos. Un día me lo enseñará sin quitarle importancia pero sí hierro, igual que entonces me abrió su palacio y su corazón, inmensos ambos.

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