Cuando escribo estas osadas líneas estamos esperando que las autoridades sanitarias dicten lo que se espera un recrudecimiento de las normas para intentar evitar un desastre mayor que ese en el que estamos metidos. En vista de que los ciudadanos no estamos por la labor de tomar conciencia de lo que hay, no es de extrañar que nos vuelvan a meter en casa, si no a la fuerza, sí con todo cerrado para que no haya a dónde ir. Una pena. Lo siento por el personal sanitario que cada día lo tiene más duro, están realizando un heroico trabajo y asumiendo infinitamente más de lo que pueden. También por los comerciantes que van a ver cómo se le vuelve más negro su, ya, de por sí, sombrío horizonte. Me hace mucha gracia, por no decir que me indigna, la postura de los políticos que se empeñan en no ver lo que todos vemos, sobre todo, aquel que nos dirige desde Madrid, al dictado de otro que sólo ve lo que su particularísimo ego le deja ver. El cinismo de ambos y de los suyos no tiene nombre. Están encerrados en una burbuja de autocomplacencia que desespera. Todo es un caos absoluto. La esperanza en la vacuna se evapora por lo mal que se están haciendo las cosas desde todos lados. No comprendo cómo poner las dosis no lo puede hacer cualquiera, mínimamente, preparado. Toda la vida de Dios nos ha pinchado el practicante de turno, con más experiencia que títulos académicos. Ni que poner una inyección fuera operar de un gravísimo tumor cerebral. Tampoco entiendo lo de las jeringuillas. Será porque soy un animal hipocondriaco o porque a mí me pinchaba Don Andrés, el practicante, desinfectando las agujas y las jeringas en una latilla con alcohol; la misma para las inyecciones de penicilina que para, aquellas dolorosísimas, que todos los años te ponían, por si acaso, sin tú no tener absolutamente nada. A mí, que me puso la vacuna de la viruela en el brazo aquel forzado practicante de entonces, no me cabe en la cabeza tantas teorías ni tantas pamplinas. Vacunas para todos, ya. No seamos tan acémilas; pensemos en los demás y en el personal sanitario que, al final, ellos, son los que curan.

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