Desde la espadaña

Felipe Ortuno M.

Duelo y pandemia

DELl vocablo latino “dolium”, que a su vez deriva del verbo “doleo” (dolerse). El duelo es una actividad espontánea, una actitud ante el sufrimiento, que tiene tantas variables cuantos tipos de pérdidas haya: alejamientos, afectos, posiciones, pero, sobre todo, muerte de seres queridos. Incluso en la pérdida de seres queridos hay desiguales ardores; en cualquier caso, el vacío, el desconcierto y la ausencia irrumpe en la persona y la invade - ¿Cuántos asuntos sin resolver? ¿Cuántas razones irreparables? ¿Cuántas palabras no dichas? - Por eso, es importante canalizar en el duelo estos sentimientos, sanar la mente y el corazón desde las distintas instancias de las que dispone la sociedad: recursos psicológicos y religiosos que, dependiendo de cada persona, podrían atemperar el dolor del alma, que, en estos tiempos convulsos, tanto estamos soportando. Porque todos sufrimos y todos necesitamos curar la mente y el corazón, con tal de no correr el riesgo de quedar atrapados en la falta de sentido, o abocados a una potencial depresión. No es posible, en estas pocas líneas, abordar la inmensa corriente que aglutina tantos sentimientos ¿Cómo comparar la muerte de un hijo o de una madre con otras muertes? Nada es comparable, cada caso tiene su tiempo e intensidad, pero todas afectan a la persona hasta el punto de dañar su biología y su biografía. Se conmueve el mundo y la persona se perturba, oscila y tambalea en todas y cada una de sus dimensiones: física, emocional, intelectual, social y espiritualmente ¡Qué importante es no perder la razón vital, el gusto por la vida, en este drama liminal que a todos nos cerca de una manera u otra!

Me gustaría llorar con el que llora, sentir, por amor, cuanto el otro siente, solidarizarme hasta con sus dolores de cabeza, achicar su pena e inundarme de él en su tristeza, vestirme de su añoranza o envolverme con su obsesión. Entrar hasta en la culpa, si ello sirviera para amenorar el dolor ajeno; pero no puede ser…Además, nada dice mejor nuestro dolor como no decir nada si sólo se halla alivio al dolor en el dolor mismo. Las dimensiones emocionales hay que saberlas encauzar adecuadamente, si no queremos entrar en un proceso patológico personal de los seres más queridos. Saber gestionar el dolor -he aquí la cuestión- o ayudar a direccionar a quienes no hallan consuelo. Es importante el duelo, pero, tanto más, saberlo guiar para no incurrir en el falso sentimiento que lleva a una patología dolorista y perturbadora. Por eso considero trascendental el ayudarse. Nadie tiene por qué resistir solo, nadie tiene por qué aguantar el peso insoportable de las circunstancias con culpas innecesarias y autorreproches esclavizantes. No nos cerremos en nosotros mismos. Porque las avalanchas del dolor suelen ir acompañadas de aturdimiento y éste se obnubila y ciega con la no aceptación de la realidad. Es imprescindible el duelo, pero de manera activa, tratando de elaborar bien el sufrimiento y la voluntad. Tendremos que hablar abiertamente de él, habrá que desahogar las penas del corazón, esclareciendo, con recursos humanos, técnicos y religiosos, aquello que impide dar luz a nuestro interior.

La pandemia nos tiene atarantados, desconcertados y mudos. ¡Son tantas historias personales que nos cercan, tan dolorosas! Cuántas veces hemos exclamado ¡No puede ser! ¡No, no es cierto! ¡No lo acepto...! Estamos con miedo y ansiedad… ¡Y si me sucediera a mí!... La tristeza se mezcla con la resignación o con la fatalidad…Pues bien, es necesario recobrar la serenidad interior. Hay que volver a vivir, generar un pensamiento positivo ¡Mi ser querido me quiere feliz! A esto no se llega sin más, porque no es cuestión solo de que pase el tiempo a base de desahogos y lamentos, no, no se trata de olvidar sin más; hay que poner cauce a ese duelo que es la expresión de los sentimientos profundos; hay que serenar la angustia y aceptar la realidad cruda que tenemos; reorientar, con amor al fallecido, desde nuestras creencias religiosas, o desde los recursos humanos y psicológicos que encontremos, el camino que tal día como hoy pareció truncarse. Aliento y animo a todos los que sufren y se duelen, en este tiempo de pérdidas, que lo hagan con sentido, y que sus lágrimas furtivas se recojan en el corazón de la vida, para que no la pierdan tratando de recuperar lo imposible. Ayúdense y déjense ayudar. Entre todos podremos soportar lo indecible.

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