Educación sentimental

Sólo educa de verdad quien es digno de admiración en las pequeñas cosas, que es lo más difícil que hay

Sólo creo en la educación sentimental por torpe que esta sea. Torpe porque en la educación se va siempre a tientas. Creo en las enseñanzas que nos van quedando imperceptiblemente y que nos hacen actuar más por cariño e imitación que por convicción. Poner determinado celo a la hora de comer, de vestir, de saludar, de sentarnos o de querer a los demás (la educación no es otra cosa que pensar en los demás) no por corrección, sino porque así lo hacen o hacían las personas más importantes de nuestra vida. Seguro que, si no me hubiesen querido, sería más maleducada, me vencería la pereza y la timidez, encontraría justificación para abandonarme, para olvidarme de los otros.

Por eso pienso que adoctrinar o educar sin ser digno de admiración suele generar reacciones de comportamiento contrarias a los principios que se pretenden imponer. Sólo educa de verdad quien es digno de admiración en las pequeñas cosas, que es lo más difícil que hay. Un profesor entusiasta digno de emular o incluso de enamorar platónicamente a sus alumnos, genera más seguidores que el mayor de los eruditos. Un maestro apático, que se muestra harto de aguantar niños, hace que su asignatura sea odiada por casi todos. Adoctrinar por crear afines a un ideario suele crear contrarios furibundos al ideal que se pretende imponer. De la educación franquista surgieron los mejores políticos de izquierda, de la antigua educación religiosa floreció mucho anticlerical, de la comida basura han germinado los veganos, de la vida sedentaria la obsesión por los gimnasios y el culto al cuerpo y así podríamos seguir hasta el infinito. No hay nada como intentar lavarle el cerebro a alguien para que, de inmediato, se cuestione aquello que con tanto ahínco se le está vendiendo.

Tuve la rareza de criarme con un padre retrógrado y anacrónico, como él mismo se proclamaba, distinto a todos los padres que había alrededor. Muy de derechas, pero mantenía tertulia con amigos de izquierda. Muy creyente, pero abominaba de los beatos y se compadecía de quienes no tenían fe. Culto pero intuitivo y pasional. No adoctrinaba, al revés, decía que era él, el que no se reconocía en el tiempo que le había tocado vivir. Su intolerancia se vencía con una buena conversación. Un mundo complejo, contradictorio e inamovible que forma parte de mi educación sentimental. La única posible en un país libre y civilizado. Después, evolucionamos también a tientas.

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