La milenaria discriminación sobre la mitad de la humanidad que de acuerdo con los estudiosos de la prehistoria quedó sometida al dominio masculino tras la desaparición del legendario matriarcado ha sido padecida por todas las mujeres, pero no existe una única forma de ser mujer -afortunadamente para todos, porque esa burda mentalidad reduccionista era uno de los problemas del orden androcéntrico- ni de reaccionar frente a las desigualdades que todavía hoy, aunque la parte del mundo en la que vivimos puede preciarse de ser la más avanzada en materia de derechos y libertades, siguen vinculando el segundo sexo a una ciudadanía de segunda clase. No sin resistencia por parte de los sectores más recalcitrantes, las sociedades no ya sólo occidentales han acabado por comprender que el feminismo, como lo fueron en su día la idea cristiana de la fraternidad, el principio meritocrático y antiestamental del liberalismo, la larga lucha contra la esclavitud o el socialismo en sus distintas variantes, es una causa justa y emancipadora -con razón se ha hablado de la revolución del siglo XXI, aunque muchos de sus logros se remonten al anterior e incluso más atrás, gracias a la labor ahora reconocida de las pioneras- que interpela a la comunidad en su conjunto, y por eso mismo no se entiende la militancia excluyente de los colectivos que desprecian a quienes no comulgan con una visión ideologizada de acuerdo con la cual sólo desde determinadas posiciones políticas es posible sumarse a una reivindicación amplísimamente compartida. Que esto último es así lo demuestran no sólo las manifestaciones masivas, sino el cambio indudable en los patrones de conducta y el hecho de que la vejación y el sometimiento, pese a la odiosa persistencia de los feminicidios, se han vuelto intolerables. Históricamente, la batalla por la emancipación femenina ha estado en buena medida asociada a las izquierdas, pero de hecho había sido formulada desde mucho antes del siglo XIX y fue asimismo apoyada por voces -hombres como John Stuart Mill o mujeres como nuestra Clara Campoamor- que no se encuadraban en ellas. Con cierta perplejidad observamos que el éxito todavía incompleto de una aspiración tan largamente postergada, tan claramente benéfica, ha venido acompañado de una cruenta batalla interna en el seno del movimiento, donde una facción pretende imponer razones perfectamente respetables, desde luego, pero en muchos casos ajenas a la inmensa mayoría que defiende, sin pedir certificados, la plena igualdad entre los sexos. No se es más feminista, sino al contrario, por decirles a las mujeres cómo tienen que pensar para ser buenas mujeres.

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