Olga De La Pascua Ramírez / Directora Centro Andaluz De Flamenco

Emoción, alegría, vida

Lo había visto en papel. Me lo habían contado. Pero no había tenido la maravillosa oportunidad de vivirlo en primera persona. Y gracias a ellas y a su testimonio, tan cercano, tan intenso, pude hacerlo. Formo parte de la gestión de "Flamenco en el Este", un programa que cuenta con la colaboración de la Agencia Andaluza para el Desarrollo del Flamenco que permite que casi 200 mujeres de Bosnia y Eslovenia sientan los beneficios que la explosión vital del flamenco puede tener en los sentimientos, el alma, en resumen, el ser.

A ellas el flamenco les sirve de terapia. No era el objetivo inicial de la profesora Inmaculada Lobato cuando empezó este proyecto hace 10 años. Entonces, sin contar con mucho más -ni mucho menos- que su propia convicción y su sensibilidad, decidió llenar varias maletas con faldas de baile, zapatos, castañuelas y peinetas. Y con esa misma convicción y sensibilidad consiguió convencer al Ejército español para que los Cascos Azules lograran que un contenedor de la Asociación La Argentinita llegara con su cargamento preñado de arte y compás, reclutado entre las buenas gentes que creyeron en su lección humanitaria, llegara a su destino. El lugar del mapa: Bosnia.

Allí comenzó entonces a impartir sus clases, teóricas y prácticas. Gracias al material transportado por los soldados, los alumnos y las alumnas más aventajados siguieron impartiendo las teorías del flamenco a los demás. Y pronto se lograron resultados.

A las mujeres del Este de Europa el flamenco les sirvió como terapia, como vía de escape, como lugar común para superar las heridas de guerra que en ese momento aún supuraban. Porque Inma Lobato, una mujer que en sí misma es una ONG capaz de llevar el arte jondo hasta el rincón más insospechado, llegó a Bosnia y a Eslovenia y, a golpe de tacón, les ayudó a limar las diferencias culturales, étnicas y religiosas que existían entre ellas, de forma que sus amigas, como a ellas les gusta llamarlas, llevaron esa filosofía a sus casas, sirviendo en bandeja a sus maridos e hijos un ejemplo aliñado con solidaridad, tolerancia, responsabilidad, trabajo y compromiso. Sin duda no les fue fácil. Estaban, dice Inma Lobato, "bloqueadas". Pero gracias al flamenco, apunta, "han recuperado sentimientos tan profundos como la feminidad, que tenían anulado". A través del arte jondo han sabido tirar el muro del bloqueo que construyó la guerra y que desterraba esos sentimientos a la zona más recóndita de un ser humano. No en vano el Hospital Virgen del Rocío analiza el papel del flamenco como terapia.

Inma Lobato conoció un país en reconstrucción social y económica, un país devastado. Allí la esperaban mujeres que lograron tal empatía con esos aires cálidos del sur que no dudaron en cambiar sus nombres, pasando de ser Nada Dzafic a Rocío del Carmen, o de Monitha a Bonita.

Los sentimientos a flor de piel de estas mujeres que quieren a Inma como si fuera su "salvadora" los pude vivir en el Centro Andaluz de Flamenco la semana pasada, cuando cruzaron sus puertas representantes de las asociaciones flamencas creadas en Kruppa, Liubliana y en Koper, y escuché a estas mujeres hablar de sus experiencias con el corazón en la mano y lágrimas en los ojos. Ramiz Dzafic lo expresaba así: "Es un regalo, un lujo que ayuda a sobrevivir".

Ahora están en el Festival participando en todas las actividades, cursos, ciclo de Vivencias, representaciones y otros actos. Su asociación hermana "La Argentinita" lo ha hecho posible. Inma Lobato les dio su fuerza y su alegría, pero ellas también son una lección jonda con mucho compás: cualquier guerra se supera si existe un corazón.

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