Encuentro

Nunca antes se los había colocado tan cerca ni tan iguales

S style="text-transform:uppercase">evilla acoge una exposición de sus dos pintores más importantes, Velázquez y Murillo. Nunca antes se los había colocado tan cerca ni tan iguales. No se buscan influencias sino afinidades entre dos pintores coetáneos a los que apenas separan una generación y el abismo entre las dos ciudades más importantes en el siglo de oro, Sevilla y Madrid. Sevilla, puerto del mundo y cuna de la espiritualidad; Madrid, villa y corte, contacto con los mejores pintores del mundo, triunfo social y reconocimiento.

Velázquez pintó a reyes y Murillo a santos y vírgenes. Velázquez a bufones y Murillo a pícaros. Ambos se retrataron a sí mismos. En El Prado Velázquez, pintor de pintores, reina hegemónicamente. En el museo de Sevilla, es Murillo el pintor profeta de la luz, de la delicadeza, de la visión suave de la contrarreforma, llevando las escenas religiosas a un ámbito doméstico e íntimo lleno de ternura.

Ambos tienen el valor de retratar mucho más que a un rey o a un santo. Velázquez retrata el poder de la corona, pero también su peso, su aislamiento y su fragilidad; Murillo cuando pinta a una santa, pinta a una joven sensual de larga melena, piel sonrosada, que con su carnalidad nos enseña que no hay nada más sagrado, más trascendente, que la belleza de lo cotidiano. Parecen querer decirnos que los reyes están solos en la gloria del mundo y los santos entre nosotros, en cualquier puesto, en cualquier esquina.

Velázquez da a los bufones el mismo porte regio que a los monarcas y Murillo mira con tal ternura a los pícaros que los coloca entre los angelillos de sus Inmaculadas.

Velázquez viajó más, aprendió más, triunfó más. La corte lo cortejó y reclamó sin descanso cada vez que se ausentaba. Murillo fue menos ambicioso. Se quedó en Sevilla, bregó con la Iglesia como principal cliente y le dio a la espiritualidad de la época, atemorizada con las postrimerías de Valdés Leal, una visión amable, luminosa y moderna de la fe. Su expresión íntima, delicada y caritativa ha llegado a nuestros días.

Murillo se popularizó tanto y tan mal, que su pintura fue reducida a cromos, almanaques y sentimentalismo barato. Su temática religiosa en este tiempo descreído tampoco ayuda a su reconocimiento. Por eso me emociona que Velázquez se venga a Sevilla y ambos se miren de tú a tú. Quien tenga un niño que lo coja de la mano y le enseñe la verdad de la pintura. Conmigo lo hicieron y aún me conmueve.

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