el cuentahílos

Carmen / Oteo /

Envoltorios

ME atraen las joyas aunque no suelo llevar ninguna puesta. Cuando viajo me detengo en los escaparates a mirarlas. Me gustan siempre y cuando no sean ostentosas, como las antiguas, que rara vez lo son. Quizás por esa huída de lo excesivo, detesto los lujos en relojes y libros. Me parecen requetecúrsiles. Los facsímiles caligrafiados a mano, editados en ejemplares numerados, con múltiples miniaturas, encuadernados en piel de cabra con su estuche a juego o los relojes cuya esfera está rodeada de docenas de zafiros tallados, me repelen.

Quien ve en un libro o en un reloj una joya es que no le interesa la lectura ni saber en qué hora vive. Los libros y los relojes más interesantes no conocen el oro, repudian a los bibliófilos y a los que necesitan llevar en su muñeca unos cuantos quilates. Son lo contrario de la ostentación porque su parte más valiosa está dentro, en el caso de los libros, en sus páginas y, en los relojes, en la maquinaria que suele ir escondida en una caja.

Cuando veo esos Quijotes lujosísimos repletos de ilustraciones, que suelen vender en las ferias, pienso en lo poco que tiene que ver la hojarasca pretenciosa que le colocan, desde la ignorancia, con su contenido, con lo que cuenta el personaje. "Yo sé quien soy" podría replicarles al ver los oropeles con que pretenden desnaturalizar su verdadera hidalguía.

Los libros y los relojes no son joyas, son bienes de primera necesidad. Es como si a una barra de pan o a una botella de agua le incrustaran brillantes, dejaría de importarnos lo que son realmente. Ese lujo es puro envoltorio, ostentación para encubrir inseguridades y satisfacer a espíritus caprichosos que se contentan con poco.

Ni el oro ennoblece el argumento y la calidad de una obra literaria ni las piedras preciosas en una esfera consiguen detener el paso del tiempo. Como me enseñó Monterito Glez. "el paso del tiempo es lo único que perdura".

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