EL presidente de los Colegios Médicos, J. J. Rodríguez Sendín, lo ha dicho con todas las letras: "Las epidemias de miedo siempre se crean con algún interés económico o político". Y lo ha dicho a propósito de la pandemia de pánico que se extiende entre nosotros a cuenta de la gripe A, que se originó hace meses en México y ya viaja por medio mundo, con más ruido mediático que nueces de patología grave. Una cosa es segura, al menos: los fabricantes de vacunas se van a hacer de oro.

Que la alarma es exagerada lo evidencian unos cuantos datos espigados entre la maraña de miedos propagados a velocidad muy superior a la del propio virus H1N1, que ladra mucho más de lo que muerde. En varios meses de invierno en el hemisferio sur han fallecido a causa de la gripe A alrededor de 1.800 personas; una gripe corriente deja entre 1.500 y 3.000 muertos al año solamente en España. Poniéndonos en lo peor, los expertos -todos sin excepción- consideran verosímil que al final del brote epidémico la gripe A pueda afectar a un tercio de la población mundial, pero el 95% de los casos serán leves. Vamos, que se curarán con una semana, o menos, de guardar cama y tomar las medicinas pertinentes. Incluso sin tomar medicinas, de modo natural.

Frente a estos datos incontestables lo que hay es una reacción desmedida. Se pide que se retrase el curso escolar o se cierren los colegios a la menor incidencia, que se vacune a toda la población (¿con qué, si las vacunas adecuadas todavía no se han fabricado ni se han probado?), que la gente se ponga mascarilla y deje de besarse y darse la mano... manifestaciones todas de un pavor artificial, un canguelo que se extiende como una mancha de aceite, incluso en naciones desarrolladas y con dispositivos sanitarios modernos y capaces de combatir eficazmente todas las patologías. Mucha gente prefiere creer en un apocalipsis inmediato a fiarse de las autoridades que les demandan sosiego y confianza, además de medidas preventivas mínimas y practicables. Como se hace con cualquier otra enfermedad menor.

No hay razón para el alarmismo. Al contrario, hay razones para preocuparse por esta epidemia de miedo. Imaginen que el virus muta y se hace más peligroso o, simplemente, se propaga con más virulencia que hasta ahora. Se puede liar una gorda en los servicios de urgencia de los hospitales, habitualmente colapsados por dolencias y males que no son urgentes, y que se llenarían de madres con esos críos a los que se le ha caído un moco o tienen unas décimas de fiebre. Debemos tener miedo de ese miedo cerval e histérico que tiene algo de morboso y masoquista. Más aún cuando las autoridades sanitarias, unidas por una vez, están trabajando bien, previniendo mejor e informando como nunca.

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