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Escoger Escocia

Si en Europa hubiese una política inteligente e incisiva, se abrirían los brazos para recibir a Escocia

Con la frialdad de la distancia, el escozor de los escoceses se entiende. Votaron, hace nada, que no querían la independencia porque el Reino Unido era su manera de seguir siendo europeos. Pero los ingleses, enseguida, fueron y les cogieron las vueltas y quieren sacarles de Europa por la espalda, aunque los escoceses rechazaron mayoritariamente el Brexit.

Frente a eso, se oyen los argumentos jurídicos como quien oye llover en Escocia, con el relativismo legalista que da haber estudiado Derecho. Cierto que una parte de un Estado miembro no puede romper con la soberanía que le conecta a esa comunidad de Estados soberanos que es la UE y seguir perteneciendo a la UE. Pero el caso escocés es especialmente excepcional. Porque el Estado miembro se sale. No costaría mucho encontrar un ajuste legal. Se me ocurre que Escocia diese de alta como nuevo Estado miembro en el mismo nanosegundo en que Gran Bretaña se fuese, solapándose. Su derecho de admisión sería por metonimia: la parte ocuparía el espacio del todo en el instante en que el todo dejara de ser parte.

El morbo político está en la posición de España, al menos con la cercanía. Porque nuestro país se debate entre dos intereses inversos. En la defensa de nuestra soberanía, tan atizada últimamente, nos conviene que a la región que se independiza no se le dé ni agua desde Europa ni desde ningún sitio. Así se atarán los machos en Cataluña. Pero como miembros convencidos del proyecto europeo, ¡cuánto nos convendría que Escocia se quedase en la UE! El Brexit quedaría a medias y con un coste esencial, ontológico, suicida para el Reino Unido. El mensaje a los miembros menos convencidos y al mundo en general sería atronador, contundente, espectacular y europeísta.

Nuestro gobierno tiene que decidirse. Sus declaraciones hasta ahora apuestan por castigar a Escocia si se plantea plantarse ante el Brexit. Yo lo considero un error, incluso en la lectura interior, porque transmite una sensación de pánico ante el desafío catalanista que lo enardecerá, si se dan cuenta; e equipara ambas situaciones, cuando son distintas. Es un signo indudable de que el proyecto europeo cada vez pesa menos en la ilusión y en la acción de los propios líderes europeos. Hay en Europa poca visión política, poca audacia, poca innovación, pocas ganas, que, en la práctica, vienen a ser igual de paralizantes que los discursos de los antieuropeístas. O más.

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