Sine die

Ismael Yebra

España desvertebrada

NO sé cómo será en otros sitios, pero uno debe hablar de lo que conoce. Unas veces bien, otras mal, aunque da la sensación de que no existen tantas diferencias de unos lugares a otros, de unos países a otros. Ya se sabe, aquello de las habas y la forma de cocerlas. Con respecto a ese país que todavía se llama España, uno, españolito vulgar, tiene la sensación de que todo se hace a la ligera, improvisando y sin pensar en el futuro. Por si fuera poco, se tiene la idea de que siempre llegamos tarde, sobre todo a lo que merece la pena.

El desfase y la improvisación no son nada nuevo en el devenir de España. Las tendencias artísticas siempre llegaron con retraso, caso de que llegaran. El Renacimiento casi pasó desapercibido; del Gótico prácticamente pasamos al Barroco. Las nuevas corrientes literarias, en el mejor de los casos, llegaron con decenios de demora y otras ni siquiera llegaron. Hasta los conflictos bélicos se hicieron con retraso. Muchos historiadores afirman que la convulsa historia de la España del XIX se debió a que la guerra napoleónica no fue suficiente para resolver la conmoción provocada por las ideas de la Revolución Francesa y que la llamada Guerra Civil por antonomasia, es decir la de 1936 a 1939, fue un conflicto caduco, una especie de prolongación de la Primera Guerra Mundial que llegaba a España veinte años más tarde.

Debe ser este el sino de la España más negra, porque continuamente estamos pendientes de resolver cuestiones que ya deberían estar resueltas desde hace años. No hay que ser un lince para ver que las consecuencias de la última guerra, la que llaman civil, pero que fue más que nada militar, no están del todo cicatrizadas. Y eso que hace más de tres cuartos de siglo que terminó. Ni siquiera están resueltos avatares de la historia tan lejanos ya como la expulsión de los judíos, el Descubrimiento de América o el caso de Gibraltar. A poco que se nos ocurra, culparemos de todos nuestros males como nación al cerco de Numancia o al mismísimo Viriato.

Somos uno de los Estados más antiguos del mundo, pero no acabamos de concebir la idea de lo que es España y asimilar todo aquello que nos haga sentirnos como una auténtica nación. Tal vez nos hagan falta varios miles de ortegas para vertebrar España, otros tantos de cervantes para conocernos mejor y de quevedos para que aprendamos a reírnos de nosotros mismos.

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