No deja uno de buscar adjetivos para calificar al país en el que nacimos y elegimos para vivir y, últimamente, cada vez son más los negativos que los que inciten al optimismo. Entre la incompetencia de unos, la voracidad de otros y la desidia de todos se ha llegado a una situación irrespirable. Cada vez necesita uno hacer un esfuerzo mayor para tenerle algo de cariño a un país que te defrauda cada día y que, esperemos, no acabe como dijo el poeta: helándote el corazón.

No soy un entendido en cuestiones políticas como ya habrán advertido los que tengan la paciencia de leerme semanalmente, ni siquiera muestro interés por ella. Esa supuesta ciencia o arte que no necesita de titulación alguna para ejercerla me atrae tanto como la liga bielorrusa de waterpolo o la tercera división de fútbol azerbayano. El tiempo que podría dedicarle a escuchar los exabruptos de algún que otro personajillo o la información manipuladora de las cadenas radiofónicas y televisivas, prefiero dedicarlo a un buen libro de viajes o a releer capítulos del Quijote.

Pero de la misma forma que el no saber la anatomía del hígado ni conocer el funcionamiento del metabolismo vírico no exime de padecer una hepatitis ni de sufrir un herpes labial, el no entender de política y no mostrar el más mínimo interés por ella no te libra de padecerla ni de tener que soportar a los que de ella viven. En España la política -mejor dicho, la baja política- está hasta en la sopa. La sociedad civil pinta menos que yo en el Parlamento sueco. Los temas que de verdad deberían suscitar el debate nacional están arrinconados ante la estrategia de los partidos por situarse y colocar afiliados que se encarguen de perpetuar el sistema. Aquello tan hispano del hoy por mí y mañana por ti.

Se ha conseguido un ambiente irrespirable. La presión de los medios sobre la opinión pública es tan intensa que no parece haber opción alguna para la disidencia. Ver o escuchar un informativo con un mínimo de equidad es tarea casi imposible. Únicamente la prensa, con excepciones, y ciertos articulistas auténticamente libres escriben la realidad del país o, al menos, su forma de interpretarla. Al leerlos podemos confrontar con ellos nuestro criterio, incluso cambiarlo y mejorarlo. Pero eso, son cuatro gatos y la gente joven no lee periódicos y mucho menos artículos de opinión. Dan ganas de tirarse al monte o hacerse ermitaño.

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