Son muchas las veces que se confunden los conceptos de nación, país y Estado. Y en España, por qué no decir su nombre sin eufemismos, son pocos los que lo tienen claro. Tal vez sea nuestra idiosincrasia como país latino y nuestro poco amor por lo colectivo lo que condiciona el presente y el futuro de uno de los estados más antiguos de Europa. Cambiar de mentalidad no es tan fácil como mudarse de ropa. No basta con dejar el pueblo y trasladarse a la ciudad para que la mente deje de ser agraria y permanezca arraigada a la tierra. Somos claramente un país de campesinos.

El panorama actual nos deja entrever que la España que describió Delibes hace cuarenta años en El disputado voto del señor Cayo sigue totalmente vigente. Lo mío es mío y lo de todos no es de nadie, llega a poner el autor en boca del peculiar personaje pueblerino. Mentalidad que no parece haber evolucionado en los españoles actuales, a pesar de que hayamos huido a las ciudades dejando vacía la España de interior y las poblaciones rurales. Dentro de cada español sigue habiendo un señor Cayo, un personaje que se cree especial e irrepetible y que sólo valora lo colectivo en tanto pueda servirle para potenciar su posición individual.

Estos rasgos han quedado claros en el Partido Popular en el que un señor no se va, sino que lo echan sin haber dejado nada previsto y ahí se las compongan los que queden. El que venga detrás que arree, dice el dicho popular. Y bien que arrean con tantos candidatos, pensando cada uno que tiene ante sí la oportunidad de su vida para trepar. España, lo último.

Por la otra banda, un presidente títere cogido con alfileres que se dedica a complacer a los que tienen que mantenerle en el alambre sin importarle otra cosa que sacar provecho de la oportunidad que se la presentado casi sin creérselo. Privilegios a los que han de mantener el estatus y vigilancia a los enemigos existentes en la propia casa. Una actitud de consecuencias insospechadas que el tiempo será quien aclare hacia dónde nos llevará.

Los nacionalistas a lo suyo, a chupar teta mientras se la pongan por delante, y los denominados emergentes agazapados esperando su oportunidad que, según las previsiones, parece que está al llegar, lo que tampoco tiene mérito a la vista del nivel mostrado por los rivales. Y España, lo último. No es más que un pretexto para hacer realidad ciertas ambiciones personales.

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