En estos días el Museo del Prado celebra su segundo centenario. La pinacoteca madrileña encierra, probablemente, la mejor colección de pinturas del mundo. Allí, todo aquel que tenga un mínimo de sensibilidad, encontrará la obra que colme sus gustos y sus expectativas artísticas. Este que esto les escribe tiene en El Prado a una de sus obras preferidas: El Descendimiento de Roger Van der Weyden. Solamente por haberla contemplado ya vale la pena haber nacido. En estos días, nuestro Ayuntamiento, bastante tibio - por hacer uso de la benevolencia dialéctica - hacia todo aquello que tenga que ver con las artes plásticas, ha inaugurado, en la Plaza del Arenal, una muestra con imágenes - sí imágenes, fotografías, no crean otra cosa - de obras maestras del Museo del Prado. Hasta Doña María del Carmen ha estado presente en la inauguración, ella que tanto le cuesta asomarse por los acontecimientos artísticos. Era normal que se apoyara tan importante exposición. Todos los días el gran Museo madrileño no se hacía tan presente por provincias. Jerez, adalid de la cultura, bien merecía tan excelso acontecimiento. El gobierno municipal está dando los pasos adecuados para que ese futuro en el que se quiere a Jerez como suprema capital de la cultura sea un hecho. Con exposiciones como ésta el objetivo no tiene ninguna dificultad. Sobre todo viendo a la más alta autoridad de la ciudad, como es habitual, apoyando y empujando para que lo cultural siga teniendo la importancia que tiene. Espero que, en las memorias de las actividades culturales de la ciudad, no se olvide reflejar esta muestra callejera de nuestra más importante plaza. Sin ella, los jerezanos no habrían podido saber nada del Museo del Prado. Hoy es difícil acceder a las imágenes de las obras que se atesoran en Madrid. Muy poquita cosa, la verdad.

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