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Entre paréntesis

Rafael Navas

rnavas@diariodejerez.com

Fase B de bares

Si en lugar de números las fases de la desescalada se hubiesen nombrado por letras, ahora estaríamos en la fase B, que viene que ni pintada, pues el protagonismo, alegre o tristemente, se lo están llevando los bares (los pocos que han abierto esta lluviosa semana). Porque si nos ponemos a pensar en la enorme cantidad que existe en Jerez, el número de locales de hostelería que ha decidido retomar la actividad ha sido casi testimonial. Eso sí, los pocos abiertos han hecho bastante ruido. Ni medio día tardaron en producirse las primeras incidencias, como en otros muchos puntos del país (que Jerez no es una excepción en eso de incumplir las normas, quede claro) con algunos locales en los que no se respetaron las distancias entre clientes y alguno hasta en el que hubo una agresión a un agente de la Policía (de esto no se le puede echar la culpa al confinamiento porque bolizas y cafres los ha habido siempre).

Y eso que han sido los propios hosteleros quienes han llamado a sus clientes a actuar con conciencia y ayudarles a llevar lo mejor posible las limitaciones que impone la desescalada, sobre todo para que no siga contagiándose gente, lo que supondría dar marcha atrás y, en segundo lugar y de nuevo, tener que volver a cerrar sus ya de por sí dañados negocios.

Lo mismo ha sucedido con espacios públicos de la ciudad que han tenido que ser cerrados el mismo día en el que, después de semanas de estado de alarma, volvían a estar abiertos, como la Pradera de Chapín. Una auténtica lástima, y una injusticia, que tengamos que pagar justos por pecadores cuando se ha visto que la sociedad saber regularse cuando es necesario.

Partiendo de la base de que esto es algo novedoso y de que la gente no suele ir por la calle con un metro y que en ocasiones las personas se tienen que mover para desplazarse, las cosas se pueden hacer mucho mejor que lo que se ha visto estos días. Será cuestión de aprendizaje, como se ha visto con el confinamiento, al que cuesta acostumbrarse pero que en general se ha respetado.

Resulta, eso sí, llamativo al menos que hayan sido los propios dueños de bares los que hayan realizado esta llamada a la cordura frente a quienes actúan como a quien se le quita un bozal después de varios días de cautiverio y abstinencia. Porque ellos tienen muchas razones para quejarse de esta situación, que a veces puede parecer injusta a la vista de las aglomeraciones que se producen en muchos recintos que no se han visto tan afectados por medidas tan restrictivas como son los cierres. Restrictivas e ilógicas porque puede haber diez personas juntas tomando copas diez horas en una terraza pero no cuatro corriendo juntas o jugando un partido de pádel. Por ejemplo.

Pero salir todos en tropel, a las de "paga el último en llegar", no es de recibo. Las consecuencias pasan por un alto precio. Que se lo digan a Antonio Saldaña, a quien décimas de segundo, después de tomar copas en un bar, le pueden pasar una factura que eche por tierra una carrera política y todo el trabajo de una vida.

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