Jerez íntimo

Marco Antonio Velo

marcoantoniovelo@gmail.com

La Fe no es de escayola en San Telmo

Un flujo de señorío campa a sus anchas por todas las confluencias que conducen a la Ermita de San Telmo. No se trata de un espacio yermo el que allí se espesa de pura jerezanía. Coexiste como un acometimiento de fulgor cofradiero por todo cuanto circunda en derredor del rostro expirante de Cristo. Es su Madre un valle de nácar, de nardos y claveles, de avemarías y plegarias en vena, con vínculos antiguos conectados a la ciudad por apellidos de rancio abolengo. La Historia no es ecléctica en esta collación de barcas con cruces verticales. Cuando la tarde comienza a andar, como una muchacha en flor de claridades a la espartana hora taurina, entonces el algodón sacrosanto de las nubes dibuja unos arrecifes de oración en la más alta cota del horizonte. La Fe no es de escayola por estos lares. Los barqueros de la piedad popular saben remar en idéntica dirección.

Pongamos que -en la derrama del calendario- hablamos de comienzos del siglo XX. No se cristaliza ninguna frivolidad en la fecha señalada. Jerez es una sintaxis por bulerías. Jerez de calles anchas y escaso peculio. El Campillo se conjura y se focaliza según el ímpetu de unos nombres propios: verbigracia: Manuel de Ysasi y González, Francisco Serrano Canchola, Antonio Pérez Cascales, Miguel Muñoz Espinosa de los Monteros, José María Lara García o Fernando Fernández-Gao González. Todos Hermanos Mayores de la cofradía antigua del Viernes Santo. No aludimos a la contrahistoria; sí, en cambio, a la intrahistoria. No al envoltorio de cuanto se ignora por propios y extraños sino a la superficie nunca frívola de la crónica a paso de horquilla. En el bordón del sentimiento jerezano resuena una melodía con firma de Beigbeder. El color sepia se sube al pescante del sentido común. En el edén de los hombres justos una multitud se aglutina mismamente donde el tiempo no existe y la sangre bombea transgresiones -y no transfusiones- de eternidad: juntos se codean también Miguel Ruiz Ruiz, Juan González, Manuel Lozano Salado… Habla en plata la cruz de ídem. Sobre la ingravidez de este paraíso de los cofrades idos los interrogantes han sido esclarecidos con puntadas de hilo de oro según la maestría de Carrasquilla.

Este pasado viernes -lo prometido es deuda, ¿verdad que sí, Carmen Alonso?- asisto a la ponencia que dictan al alimón y al unísono -en rítmica contradanza de turnos- Sebastián Romero y Juan Gallego. Sendos tallan con gubia de datos y datas la trayectoria -que fue rectilínea- y el legado -tanto humano como patrimonial- de los seis Hermanos Mayores arriba suscritos. Hubo una época en la que El Cristo integraba en su Junta de Gobierno a dirigentes que asimismo lo eran del Gobierno de España. La fuerza del sino, que teatralizara el duque de Rivas. Los cofrades han de reivindicar -con loores de textos desempolvados- la labor ingente y el esfuerzo ímprobo de sus antecesores. Máxime si, tal el caso que nos ocupa, encarnan Hermanos Mayores de heroico celo y entrega inasible al desaliento. Los hermanos del Cristo entonces, albores del pasado siglo XX, no cesaban de solicitar en los Cabildos Generales votos de gracia en muestra de gratitud a la aportación de aquellos egregios máximos representantes que elevaron a la institución a coordenadas de contrastado crédito y nombradía. ¡Libertad, fraternidad e igualdad o la revolución corporativa de una cofradía que subió como la espuma del mar del gremio de pescadores en noches de alabastro!

Seis Hermanos Mayores fueron desenterrados este pasado viernes de la opacidad del olvido. La filtración de la luz se precipita sobre los libros de actas. Y la gloria de una cofradía sigue llamando a las puertas de Jerez a las cinco de la tarde… Hora de ayer y hoy. Hora de quienes fueron y quienes son. Hora del temple de una Fe que, en efecto, no es de escayola en la Ermita de San Telmo.

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