La ciudad y los días

Carlos Colón

ccolon@grupojoly.com

Felicidad en el ojo del puente

Bienvenidas sean las apreturas y bullas como símbolo del regreso de la vida tras la paz de cementerio de la pandemia

Daban los serenos la hora en punto y después decían "todo está tranquilo, sereno y en calma". En este ojo del puente del Pilar todo está en el centro de la ciudad tranquilo, sereno y en calma, es decir, abarrotado por una multitud feliz que disfruta de la casi alcanzada -toco madera- normalidad de verdad, no la "nueva", atendida a su vez por profesionales felices al ver sus negocios prosperar tras tan duros tiempos. Literalmente tranquilas, serenas y en calma estuvieron las calles en los días negros de la gran reclusión. Pero era la paz y el silencio de los cementerios. O mejor, de las dictaduras. Porque tras aquel silencio y aquella calma en las casas más afortunadas habitaba el miedo, la pena por las separaciones y el agobio por el encierro, y en las más desafortunadas las lágrimas del duelo. Porque tras los muros de los hospitales abarrotados -¿verdad, amigas María José y Rocío, y con vosotras todos los sanitarios?- habitaba el trabajo agotador contra la muerte.

Como venimos de esa tranquilidad, serenidad y calma indeseables de calles trágicamente desiertas que ocultaban tanto miedo, dolor y muerte tras los muros de las casas y los hospitales, bienvenidas sean estas apreturas del puente del Pilar. Hay que ordenar los flujos del turismo de masas, hay que frenar el vaciamiento de vida cotidiana del centro histórico y la demasía en concesiones de negocios para los turistas. Pero bienvenidos sean como símbolo del regreso de la vida.

En el hermoso libro de R. A. Dick El fantasma y la señora Muir, convertido por Mankiewicz en una película aún más hermosa, el fantasma le cuenta la señora Muir un recuerdo de su infancia: huérfano, lo crío una estricta tía soltera a la que él desesperaba con sus travesuras pisoteando el jardín y manchando las alfombras; cuando se fugó para hacerse marino, comenta el fantasma, debió quedarse muy tranquila; no, le replica la señora Muir, debió quedarse muy triste contemplando sus alfombras limpias. Lo sé bien ahora que soy abuelo. Cuando mi nieta María -dos años y una alegre energía inagotable- está en casa es lo más parecido a la pequeña Masha de los dibujitos revolucionando la casa del oso. Pero cuando se va y regresa la tranquilidad propia del hogar de dos personas mayores, la casa se mustia y, como la tía del fantasma, contemplamos con melancolía su silencio y su orden. De esto se trata en este puente felizmente abarrotado.

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