Desde que, hace más de un siglo, los comerciantes y ganaderos se instalaran en la zona , la feria del caballo solo ha hecho avanzar. Una oda a la primavera. Es fantástico el enorme colorido que rezuma el recinto, el tintineo de soniquetes y de ruidos acompasados por todas las calles. Genial, el trato entre quienes se cruzan por las esquinas o cogen aire a las puertas de alguna caseta para respirar y refrescarse, con la mirada perdida en el albero o con los ojos como platos observando miles de bombillas. De ensoñación, la amplia gama de movimientos seductores que se nos ofrecen cuando las caderas y las cabezas son capaces de seguir un ritmo al unísono dirigidos por un buen profesor del movimiento armónico. Apoteósico el desfile de andares de quienes siendo hijos o nietas de anteriores generaciones no tienen miedo al mestizaje, ni al color de la piel ni a las hechuras de cada linaje y que, además, se sienten y se mueven como auténticos andaluces de tronío. Increíble esa amplia amalgama de civilizaciones, donde se palpa cómo se acepta la diferencia y se abre el real a todos sin distinción de razas ni colores. De fábula, la enorme capacidad de transmitir señorío y elegancia de tantos seres vivos haciendo de la danza un arte y de la patadita una virtud. Enorme, la variedad de moldeados de arte en movimiento que se disfrutan con el amplio despliegue de complementos, telas, rizados y farolillos. Única, la capacidad de llenarnos los sentidos con olores tan característicos, mezcla de sudor, saliva y vino. En definitiva, una maravilla de especímenes ecuestres dignos de un cuento de hadas, protagonistas por sí mismos.

Muy al contrario de los otros. Los de dos patas. Humanos en la fiesta del alcohol. Enfrentados por los colores de casetas de políticos, hermandades, o peñas; separados por la ley del embudo del botellón, definidos por el tipo de atuendo o engañados por el cinismo mudo de la embriaguez. Lo dicho. Una gran feria del caballo.

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