Su propio afán

Fermosa cobertura

Estoy deseando perder de vista las mascarillas, aunque en el fondo me apenará no verlas

Mis siempre admirados reaccionarios nos afean a los conservadores que enseguida nos encariñamos con cualquier cosa y, al rato, ya nos apena perderla. Tienen -también en esto- razón. Lo nuestro es una contrarreloj eterna.

Incluso en algo tan antipático como las mascarillas, mi corazoncito se complica. Desde el principio noté que producían una mejora estética. En mí, claro; pero también por las calles. Lo glosé y los amigos lo achacaron a una implícita islamofilia o al embrujo de Las mil y una noches. Pero luego, con el paso del tiempo, he visto que cundía la apreciación e incluso hay quien aconseja no enamorarse del nuevo o de la nueva del trabajo hasta haberlo o haberla visto desmascarillado.

Otra ventaja de la mascarilla es lo que anima la vida social. A veces te cruzas con alguien que no recordarías en ningún caso, pero la mascarilla te permite decir que te despistaste por el embozo y las gafas empeñadas y que qué pesadilla. Otras veces, el gesto de quitarse la mascarilla un instante sonriente para que te reconozca un amigo es bien bonito también.

Y luego está lo contrario. Esos afectuosos saludos con perfectos desconocidos. Hay una escena en el canto II del Purgatorio que me lo ha recordado vivísimamente. Dante se encuentra con un alma eufórica que le reconoce, aunque él ni idea, pero disimula: "Vi entonces que una de ellas se acercaba/ con un afecto tal para abrazarme/ que yo instintivamente hice lo mismo". El abrazo es un fracaso porque Dante no puede apretujar un espíritu, que es como de luz o aire. Todo eso pasa en el verso 76 y están hasta el 86 intentando intercambiarse muestras de enorme amistad sin que el florentino sepa con quién puñetas habla. Con la experiencia de estos meses en las que hemos tenidos cariñosísimas conversaciones con efusivos desconocidos, es fácil imaginarse la cara, el disimulo vergonzante y el alivio del reconocimiento, por fin.

Conste que estoy deseando que nos quiten las mascarillas, aunque yo estéticamente pierda, y los más snobs vuelvan a no saludar como antaño, ya sin ese miedo de ahora tan gracioso de dejarse a uno de los suyos sin festejar. El conservador tiene razones que la razón no conoce y, a pesar de que todavía queda para que nos la quiten, he empezado a sentir una tenue nostalgia preventiva. No tenemos remedio, como nos recuerdan a cada rato los ásperos reaccionarios y los ubicuos progresistas, cada uno por su lado.

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