Semana Santa 2019 | Opinión

JAIME MERODIO

Francisco Orellana, compositor

El compositor jerezano Francisco Orellana, en una imagen de archivo. El compositor jerezano Francisco Orellana, en una imagen de archivo.

El compositor jerezano Francisco Orellana, en una imagen de archivo. / Miguel Ángel González

Casi como si los duendes hubieran asumido la misión de inspirar con las notas finales de la ‘beigbederiana’ sinfonía Rincón Malillo el nacimiento de un nuevo músico para Jerez, así llega al mundo, un 3 de noviembre de 1943, en la calle Liebres, el compositor Francisco Orellana Gómez.

La infancia del incipiente compositor está asociada a recuerdos del choque de unos palos sobre los bancos de la calle y al cristalino sonido del salterio que le regala su propia abuela cuando Francisco Orellana contaba con 5 o 6 años de edad. Después, y de la mano de su amigo Paco Guerra, estudiante de canto entonces, llegarían las primeras nociones de solfeo, la experiencia como músico de variedades en su juventud -que le llevarían a recorrer la práctica totalidad de los continentes- y por último, la incorporación como músico militar en las filas de Infantería de Marina el 24 de junio 1974, precisamente el mismo día en que nace su hija Marina.

Desde 1985 a 2012 desempeñaría su labor como director de la Banda y Conservatorio Municipal de Música de Jerez, sucediendo en el cargo al siempre recordado maestro Villatoro.

Se materializaría también en los primeros años de la década de los 70 del pasado siglo, la realización de la música para ballet Homenaje a mi Tierra, para guitarra y orquesta, y la composición de la suite Tartessos, escrita en torno a 1980-1981 para orquesta de plectro y púa e instrumentada para banda de música a partir de diciembre de 1983 (en el ámbito cronológico de los nueve meses que duró la vuelta al mundo que realizó a bordo del buque escuela “Juan Sebastián Elcano”).

El bagaje obtenido en estas experiencias formalizan todo un crisol de influencias musicales, que tal y como apunta el propio compositor, singulariza, de alguna manera, cada una de las dieciséis marchas procesionales que hasta hoy componen el catálogo de obras de Francisco Orellana, y que son huella ineludible del legado sonoro trazado por Álvarez Beigbeder, Davia, Villatoro y Muñoz y a los que hoy se suman destacadas referencias como las creadas por Moreno Pozo, López Gándara o Hurtado, entre otros.

Nuestro compositor se aleja del aspecto estrictamente devocional para encontrar en lo vivencial el eje de sus composiciones procesionales.

De hecho, tal y como si pasáramos las páginas de un programa de mano, la música procesional de Francisco Orellana encuentra presencia en cada una de las jornadas que conforman la semana de pasión jerezana.

De esta manera, y en los albores del Domingo de Ramos, podemos situar la marcha Cofrades de Cristo Rey, en la que el compositor nos remite a un gesto de agradecimiento hacia el centro educativo lasaliano donde pasó sus primeros años de formación.

Ya en los años 80 la “saeta jerezana” encontraría su ubicación en una marcha procesional, dedicada precisamente a Madre de Dios de la Misericordia, Reina del Transporte, título referido por los hermanos de la corporación mercedaria para la marcha Saeta, ejemplo valioso, tal y como indica Manuel Galduf, quien fuera director de la Banda del Tercio Sur de Infantería de Marina, de la precisión con que el cante flamenco puede ser plasmado en una partitura.

Como se indicaba anteriormente, el amplio abanico de influencias musicales presentes en la personalidad compositiva de Francisco Orellana posibilita una variada gama de contrastes en su obra. Si anteriormente hacíamos alusión a unas marchas procesionales basada en fórmulas rítmicas y armónicas propias del flamenco, el cariz fúnebre será el argumento de las dos marchas que escribe para los titulares de la Hermandad de la Viga, Cristo de la Viga y Virgen del Socorro, producto ambas de la estrecha vinculación que unió a la Banda Municipal de Jerez con la corporación del Lunes Santo.

Singular es también la marcha A Nuestra Señora del Desconsuelo en la que de nuevo podemos percibir algunos elementos característicos. Dedicada al barrio que le vio nacer, San Mateo, presenta fórmulas rítmicas tomadas precisamente de canciones y juegos infantiles que protagonizaban las tardes de juegos, recordadas por el compositor.

Ya en la jornada del Miércoles Santo, son dos las marchas que tienen al Cristo de la Flagelación, de la Hermandad de La Amargura, como depositario de algunas obras de Francisco Orellana. Nos referimos a las obras Flagelación y Jesús Flagelado, realizada ésta última en colaboración con el brillante guitarrista jerezano Paco Cepero y en la que el compositor se toma, además, la licencia de incluir un sección central en la que se esboza un patrón rítmico de bulerías.

No podemos finalizar las referencias musicales de Orellana en la jornada sin hacer mención a la marcha predilecta para quien suscribe estas líneas, de entre todas las que firma el compositor. Nos referimos a Nuestra Señora de los Dolores. Esta marcha, que pasa hoy por ser un elemento indispensable en la salida de la Hermandad de San Lucas, presenta unas connotaciones especialmente intensas para su creador, dado que fue estrenada el mismo día en que fallece el padre de Francisco Orellana, encontrando en los pentagramas de esta obra el consuelo ante el dramático episodio.

El Jueves Santo nos presenta otra de las marchas procesionales del compositor, Sagrada Lanzada, dedicada a la titular mariana de la corporación , Nuestra Señora del Buen Fin.

Al igual que sucediera con la Hermandad de la Viga, será la Hermandad con sede en la Iglesia de San Juan de Letrán, otro de los casos en que los titulares principales cuentan con composiciones de Francisco Orellana.  Las marchas Nuestro Padre Jesús Nazareno y A Nuestra Señora del Traspaso materializan este volumen del patrimonio musical de la Hermandad. Cabe indicar la pincelada que en forma de fandango flamenco incluye el compositor en la primera de las obras citadas.

La jornada de cierre de la Semana Mayor jerezana nos remite a tres marchas. Nos referimos a las obras Coronación del Valle, Ángeles del Valle y Nuestra Señora de Loreto. Las dos primeras nos remiten a la Hermandad del Cristo, con composiciones dedicadas precisamente a la Coronación Canónica de Nuestra Señora del Valle, en el primero de los casos y por otra parte a la cuadrilla que porta el paso de esta misma devoción mariana.

Contundentes son los primeros acordes de la marcha Nuestra Señora del Loreto, protagonizados por la sección de metales y que tal como indica el propio compositor, vienen a conectar musicalmente la identidad de esta hermandad con el cuerpo castrense a la que está vinculada, el ejército del aire, pese a que el acompañamiento musical de la hermandad no encuentra, por su naturaleza organológica, la posibilidad de que suene tras las andas del único paso de esta cofradía.

Para finalizar, dos serán las marchas “de Gloria” que escribirá el compositor. Nos referimos a Virgen Salinera (dedicada a las imágenes marianas de la vecina población de San Fernando) y Santa María del Corazón de Jesús, cuya composición surge a petición de unas monjas del Colegio Montealto que durante años, y en el transitar de la procesión de la patrona de nuestra ciudad, Santa María de la Merced, pedían al entonces director de la Banda Municipal de Jerez, Francisco Orellana, la composición de una obra que describiera musicalmente esta devoción catalizada en el centro educativo.

Sin duda, la música procesional de Francisco Orellana materializa un volumen esencial en el universo sonoro de la Semana Santa jerezana. Sirva a esta primera referencia para que finalmente encuentre un justo posicionamiento en la aún incompleta identidad sonora de nuestra tierra.

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