Manuel Naranjo / Loreto

Gitano y andaluz

EL flamenco, como muchas identidades musicales ha necesitado reafirmarse a lo largo de su historia, sencilla y llanamente por instinto de supervivencia, siendo ésta un mecanismo de autoprotección común en la gran mayoría de las tradiciones músico-orales.

El cante y el baile flamenco nacen como tal en un período en el que la búsqueda de estas identidades se convirtió en moneda de cambio. El convulso siglo XIX en España proporcionó al flamenco estos elementos identitarios, sin olvidar que ya había formalizado su proceso de deconstrucción antes de que la fiebre nacionalista de la segunda mitad del decimonónico siglo irrumpiera, no obstante, el flamenco tal como hoy lo conocemos es un género relativamente joven. Los códigos que actualmente rigen el universo flamenco se adquieren en el momento que este se concibió como un arte nuevo, es decir: hace dos días

Juan de la Plata escribía recientemente en la páginas de este diario , poniendo especial acento sobre ello, en que nuestro arte, el flamenco, es un modelo musical que se estructura sobre caracteres eminentemente andaluces: aquí lo andaluz, mas que una rasgo, es una generalidad, nuestra historia así lo atestigua: romanos, godos, árabes, castellanos, gitanos, negros... somos lo que somos y cada uno de ellos han ido dejando su huella indeleble.

Pero siguiendo la traza de lo que relataba Juan de la Plata en su artículo, lo gitano fue el revulsivo que incorporó otros elementos vectores para que, una parte del género flamenco tuviera otra naturaleza.

Lo gitano y lo andaluz son elementos que definen en esencia nuestro arte complementándose mutuamente. A estas alturas surge la duda de lo que se considera estrictamente gitano y de lo que no es. La segunda mitad del XX en el flamenco ha sido una continua búsqueda de esa identidad en la que se ha tendido, sin maldad, a reinventarse su propia tradición, de ello se encargó Antonio Mairena creando una teoría filogitanista y en exceso romántica de la que aún algunos no han sabido liberarse.

Cabe pues preguntarse si no debemos reflexionar acerca de la autenticidad del edificio que soporta a este género y de lo que se ha fantaseado a veces con él

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