Cuanto más atrás retrocedemos en el tiempo, más nos sumergimos en un territorio oscuro, con más dudas que certezas. Dejamos el Renacimiento y entramos en la inmensidad del Gótico. Hablar de este estilo en Jerez no es fácil, y quizás un atrevimiento por mi parte. En realidad, no existe un periodo claramente acotado como en el arte renacentista. Está presente en las posibles primeras muestras de arquitectura cristiana, allá por el último tercio del XIII. Es la base estructural de gran parte de las construcciones "mudéjares" de la primera mitad del XV, tal vez bajo la dirección de Fernán García y su familia. Y emerge de manera patente en las últimas décadas del XV y las primeras del XVI en un monumental tardogótico. Pero, como otras veces he dicho, siguió siendo un estilo prestigioso durante muchos años más y, como tal, se resistió a morir, demostrando su vitalidad pasado el ecuador del quinientos. Incluso, será un fuego que no se apagará del todo en el Barroco, cuando aislados rescoldos aún crepitarán y hasta provocarán enormes fogatas como la nueva Colegial. Porque no estamos ante un simple estilo, sino ante una constante.

Con todo, existe un gótico más reconocible por todos, el de San Miguel y Santiago. Ese que brota de las influencias de la edificación de la Catedral de Sevilla y que pudo ser creación de los mismos maestros que dirigen esa faraónica obra hispalense. Entre todos ellos, el jerezano Alonso Rodríguez, perteneciente a una dinastía de arquitectos locales de gran proyección en este periodo. Con no pocos titubeos, su nombre se ha llegado a vincular con Santiago y, en fechas recientes, con la portada de San Mateo, gracias al descubrimiento de una misteriosa, y controvertida, firma. Elocuente ejemplo de lo mucho que todavía queda por dilucidar sobre esta apasionante etapa de nuestra particular historia de la arquitectura.

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