Alto y claro

José Antonio Carrizosa

jacarrizosa@grupojoly.com

Granada de mano

Si se le da a un mono una granada de mano, antes o después terminará por quitarle el seguro y todo lo que lo rodea terminará saltando por los aires. Esta manoseada imagen seguro que se le ha venido a mucha gente a la cabeza tras comprobar, contra el pronóstico de más de uno, que Donald Trump sigue siendo Donald Trump tras haber jurado su cargo en las escalinatas del Capitolio y haber ocupado el Despacho Oval. La presidencia no ha atemperado el carácter ni las actitudes del mandatario más extraño y, lamentablemente, también más peligroso, que haya tenido la primera potencia mundial. Albergo una única esperanza, aunque sin mucha convicción: que los grandes medios de comunicación de su país se estén vengando de sus muchos desprecios resaltando en estos primeros días sus aspectos más groseros, primarios, desagradables y reaccionarios. Pero va ser que no. Parece que se ha empeñado en concitar una antipatía universal de la que sólo se excluirían tipos de la calaña de Vladimir Putin, el sector más ultramontano de los obreros de Detroit y algún prócer de la derechona española que lo ha saludado con alborozo.

Hay un segundo aspecto que también habrá llamado la atención de los españoles. Los mensajes del nuevo inquilino de la Casa Blanca parecen calcados de otros que hemos escuchado desde mucho más cerca y no hace mucho tiempo. Si se paran a leer el discurso que pronunció en su toma de posesión y lo depuran de la retórica nacionalista que parecía sacada de algún jefe provincial del Movimiento de la España de los cincuenta, quedan sólo dos conceptos: el empoderamiento de la gente y la lucha contra la casta. Estábamos hartos de oír hablar de una cosa y de la otra. Pero los que lo hacían no lucían peluquín rubio y corbata hasta el escroto, sino que llevaban coleta y un estudiado desaliño indumentario.

Aquí nadie sabía lo que era el empoderamiento ni había caído en que los que regían desde hacía cuarenta años los destinos de España eran una casta hasta que las tertulias televisivas alzaron al estrellato a un profesor de universidad con más inteligencia mediática que discurso político. Que lo que dice Trump se parezca a lo que había venido proclamando Pablo Iglesias ni salva a uno ni condena a otro. Sólo sirve para confirmar que el populismo encaja tan bien si se mira desde la derecha como si se observa desde la izquierda. Aunque ese, ahora, es el menor de los problemas. Lo grave es que hay un mono jugando con una granada de mano. Y no en cualquier sitio: en la capital del mundo.

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