Cada vez que paso al mediodía de vuelta del trabajo por las grandes montañas de nieve salada de las salinas se me hace la boca agua. Me gusta tanto la sal que ya me alegré cuando las vi a la ida. "Y ya estarán los esteros/ rezumando azul de mar./ Dejadme ser, salineros,/ granito del salinar!", canto de ida y de vuelta por Alberti, contento de percibir, a ojo de buen cubero, que el negocio de las salinas parece que está pasando por un momento dulce, ejem. Las salinas están muy activas.

Últimamente, algo ensombrece mi alegría. He leído en un manual de buenas maneras que pedir el salero está mal, sobre todo si estás invitado. Es como decir a los anfitriones, afirmaba el autor del libro, que no han cocinado bien. La gente suele pensar que ellos están perfectamente educados, de modo que todo lo que no practican les parece una cursilería esnob y todo lo que otros no hacen y ellos practican les resulta absolutamente imprescindible. Es como lo del conductor: el que le adelanta es un loco temerario y el que va más lento va pisando huevos y entorpeciendo la circulación. Yo intento no caer en eso y reconozco que, a pesar de los esfuerzos de mis padres, es posible que no me explicasen algo bien o que yo estuviese distraído cuando lo hicieron. Por eso, si me enseñan algo, atiendo y me lo aplico.

El problema es que me encanta la comida bien sabrosa. Quizá con un punto de sal más (y solo un punto más) que lo habitual. Confluyen varias causas: haber nacido a la vera de las extensas salinas; ser hipotenso, tal vez; tener que contrarrestar una sosera natural, que salta a la vista; un hedonismo culinario que considera que, para insipideces, ya tenemos los discursos políticamente correctos, los productos desnatados, la cerveza sin y el café descafeinado. Encima, como ahora hay mucho salífobo salutífero, porque les han dicho que la sal es mala, a veces en las casas la comida está objetivamente sosa, lo que lo empeora todo.

Esto no lo cuento como excusa ni justificación. Si el librito de marras dice que en las casas ajenas no se pide el salero ni por favor ni explicando tu adicción al cloruro sódico, no se pide y ya está. Yo sólo digo que una vez comí en el Palacio Real y allí tuvieron el detalle de ponernos unos cuenquitos con sal al alcance de la mano. No digo más. Si a la monarquía le hubiese hecho falta conmigo otro pellizquito de legitimidad -que no era el caso-, allí lo tuvo.

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