Me preguntan si no pienso echar mi cuarto a espadas sobre Greta. ¿Voy a ser el único columnista del país en no dedicarle un párrafo al menos? ¿Mi silencio, entre tanto ruido, no cuenta como opinión implícita?, pregunto, ingenuo. Con Greta me pasa como con los niños de los amigos que dan la lata o meten la pata o dicen un disparate. Me transformo de inmediato en los tres monos en uno que ni ven ni escuchan ni dicen ni pío. Pura ataraxia zen por zen. Rimbaud lo supo: "Par délicatesse, j'ai perdu ma vie", y yo voy a perder la vez de escribir de Greta por delicadeza.

Tampoco será ninguna pérdida porque los otros columnistas lo están haciendo muy bien y ya habrá algún editor avispado y valeroso sopesando la idea de reunir todos los artículos gretenses en un volumen. Editado con papel reciclado.

Mientras tanto, pongo mis esperanzas en la adolescencia de Greta, cuando rompa en contestaria de verdad y se enfrente a su madre, como mandan los cánones, y cuestione todo lo que le han enseñado, como cuando los niños de antes nos negábamos un día a ir vestidos igual que nuestros hermanos. Imagino una Greta grata, neo escéptica del cambio climático, enfriados sus calores ecológicos, callando por respeto filial lo mucho que tuvo de adoctrinamiento. Comprenderá que nada contamina menos que la vida discreta.

Como anda ya muy cerca de la edad de la rebelión y quizá el horrible viaje en catamarán le haya sacudido la conciencia, además del estómago, mi orgullito de español fantasea con que estaría muy bien que su caída del caballo climático acaeciese en Madrid, viendo los cielos azules esmerilados por el frío de Guadarrama y recogiendo con agradecimiento los rayos del sol tendido del invierno que se acerca de puntillas. El nuevo embajador inglés, Hugh Eliot, ha contado que se enamoró de España cuando, habiendo perdido su bicicleta, Lourdes Arnaiz y su hermano le acogieron gratis et amore en su piso de estudiantes, y además probó las croquetas en un bar. Es un testimonio emocionante.

Yo espero oír dentro de veinte años el testimonio personal e íntimo de una Greta feliz y del cambio de rumbo que experimentó en España. Ojalá. Entonces sí escribiré un artículo sobre ella. Mientras tanto, mi política es buscar otras fuentes más solventes para informarme del cambio climático, el Dr. Bjorn Stevens, por ejemplo; y, de ella, no decir ni mu, que es lo mejor que puede decirse a estas alturas.

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