Por montera

mariló / montero

Hable con ella

DURANTE el recorrido por la tienda de antigüedades, donde había entrado simplemente para darle un poco de gusto a la vista, se encontró con el teléfono de su madre y quiso llamarla. Era idéntico. De esos de baquelita color vainilla y rosca para marcar los números de teléfono. De esos en los que ponía "compañía telefónica Nacional de España" en el centro y el número de casa escrito a mano con bolígrafo negro en un pequeño rectángulo vacío. No pudo evitar coger el auricular para ponérselo en la oreja derecha cuando de inmediato sintió la voz de ella. Esperaba su voz, y pudo escucharla.

La vio de pie en medio del pasillo de su casa donde colgaba el teléfono de pared mientras reía a carcajadas por las osadías que le contaba su hermana que vivía en París. Aún era soltera, por lo que las aventuras y descaros, que protagonizaba para la época y más viniendo de una ciudad moderna comparada con la España de los sesenta, le ayudaban a liberarse. Era una mujer que vivía exclusivamente dedicada a criar a sus hijos, atender a su marido y las miles de cosas de la casa. Volvió a la realidad por un segundo pero regresó a verle a su madre cuando pedía la compra mensual para alimentar a sus hijos. Por ese auricular redondo y lleno de agujeros volvía a ver a su madre corriendo por el pasillo, vestida con un largo camisón y apurada porque la noche se había rasgado por el terrible timbrazo del teléfono.

Era el sonido de malos presagios si sonaba a horas intempestivas. Y la vio llorar. Sólo contestó un "¿dígame?". Se quedó en silencio con la cabeza hacia abajo y con la mirada fija en el suelo cuando rompió a llorar. Al día siguiente, recordó, que fueron al funeral de sus cuñados muertos en un accidente de coche. En la tienda veía ese teléfono y tocaba el plástico sintético de la carcasa como si estuviera acariciando las huellas dactilares que habría dejado su madre tras la última llamada. Como estaba en una tienda, no quería sobar demasiado la reliquia pero aun así permanecía mirándolo varios minutos. Recordando que, entonces, el teléfono de casa era un objeto sólo para mayores. ¡Y el cable! El largo cable en forma de muelle que colgaba desde el auricular a la base de la máquina y que se había estirado de tantos paseos que ella se daba.

Y quiso recordar, también, ese teléfono colgado en la pared solo, callado durante días eternos que delataban sus soledades. Y siguió hablando con su madre. Viéndola por el recuerdo de su voz a través de un teléfono con ganas de hablar pero que ni siquiera tenía la clavija arreglada para poder conectarlo a la red. Se puso a hablar con ella y marcó el número de aquella casa que recordaba como una clave secreta que le abría la puerta de la caja fuerte donde guarda sus recuerdos. Donde la guarda a ella desde que murió hace veinte años. Dejó el teléfono en la tienda de antigüedades pero con la promesa de regresar para volver a hablar con su madre.

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