Nuestro Ayuntamiento ha sufrido el mayor ataque cibernético desde que existe Internet. Antes hubo algún episodio, pero nada comparado a esta especie de secuestro virtual, petición de rescate incluida, en el que no corre peligro la vida, pero si la memoria y la intimidad de los ciudadanos. Los piratas del siglo XXI retuercen el sistema binario a su gusto; no llevan parche en el ojo ni trafican con tesoros y han perdido cualquier atisbo de romanticismo. Sus cofres tienen bitcoins en vez de oro. Aquellos al menos tenían un código, una liturgia, éstos son delincuentes sofisticados, sin alma, como la de este planeta globalizado que se ha vacunado contra el sufrimiento ajeno a fuerza de contemplarla en riguroso directo desde su smartphone. La llegada del 5-G es un efecto llamada a lo bestia de la delincuencia organizada, que entrará -que ya entra- como pedro por su casa en cada vida individual, bien a través del chip hiperconectado que llevamos adosado a nuestra vida a modo de móvil, o de las grandes redes publicas estratégicas de sanidad, movilidad, defensa e infraestructuras. La ciberseguridad será el mayor reto de las próximas décadas, porque la era digital ha dado un giro radical a nuestro modo de vida y a la forma de concebir el mundo. A su lado, la revolución industrial fue una broma de mal gusto. Cobrará una fuerza inédita la eterna diatriba entre libertad y seguridad, entre los que predican que la libertad es el bien supremo y los que piensan que hay que ceder un poco- o un mucho- de ésta si queremos estar protegidos. Los dos extremos son odiosos y su equilibrio diabólico. El progreso digital ha convertido el mundo en una aldea global y a ver quien es el guapo que se sale de ella. Echo de menos los ochenta, un tiempo menos avanzado si quieren, pero en el que se respiraba más libertad. Donde va a parar.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios