El cuentahílos

Carmen Oteo /

Hipnotismo

LA esperanza tiene su toque de ingenuidad. Anda, anda, no digas tonterías, nos responde más de un espíritu escéptico cuando tratamos de salirnos de este cuadro negro que nos pintan de continuo. Pero, por más que nos nieguen la confianza en el futuro, todos hemos esperado un milagro alguna vez porque nos han dicho, y hay quien lo ha visto, que los milagros existen. Es esta una ingenuidad nacida de la experiencia, no de la candidez. Sabemos que las cosas se resuelven de forma inesperada para mal o para bien. ¿Por qué no ha de tocarnos a nosotros un buen final?

También es verdad que la vida se pone a veces interesante, como las buenas películas, con una final abierto, que no sabes si es bueno o malo porque sólo te conduce a preguntarte "y después qué". Un final que te lleva simplemente al principio de otro final que tampoco es el último. Y así, con esa intriga doméstica, pasamos los días.

Como amante incondicional de Balzac sé por su 'Comedia Humana' que la vida es muy folletinesca, más dada al esperpento que a la contención y que todos formamos parte y somos personajes de una misma obra. Me ha enseñado que es inútil huir del exceso y que hay que amar la vida para intentar comprenderla. Que el trabajo y el placer nos procuran por igual la plenitud. Que hay que saber sucumbir a los caprichos. Que la vida rueda y rueda, unas veces a nuestro favor y otras en sentido contrario.

Lo peor de la crisis no es la estrechez económica, ni las malandanzas de la prima de riesgo. Lo peor de la crisis es la cobardía que genera, lo agoreros que nos vuelve. La crisis es una anestesia para los sentidos, que nos torna dóciles y miedosos, que permite a falsos cirujanos hurgarnos sin que movamos una pestaña. Somos simples figurantes que hacemos bulto en determinada escena. Hay que despertar de este hipnotismo negro porque los milagros existen si se tiene esperanza. Basta ser un poco ingenuos, o no.

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