En alguna de estas columnas, he opinado acerca del escaso nivel que me transmiten nuestros líderes políticos nacionales. Es algo que uno no puede evitar al observar que toda la discusión parece dominada por una híper locuacidad vacía de contenidos reales y por un cortoplacismo inexcusable, lejano del debate real que necesitamos. Puede ser una cuestión de edad, pero los que vivimos la ahora tan denostada transición, puede que echemos en falta eso que se llamó política de estado y, sobre todo, la negociación a la que están obligados los agentes elegidos para que nos representen. Frente a ese deseable ejercicio, tan necesario, hoy todo el debate parece consistir en una réplica inmediata al contrario con un indisimulado interés electoral. De hecho, los hay que no paran de pedir elecciones, deseosos de medirse en la lucha por un espacio que creen suyo, pero sintiendo, a la vez, un real temor por que se lo arrebaten. En ese combate, y en fechas cercanas a la celebración de la fiesta nacional, uno de los nuevos líderes de la derecha patria, ese espacio tan competido, ha realizado un ejercicio que me ha resultado de lo más curioso, si no fuera por lo patético que puede resultar llegar a ciertos extremos. Su hiperbólica forma de reivindicar el descubrimiento y la colonización de América, la «gloriosa hispanidad», me ha resultado de una exageración rayana en el ridículo más risible. Sin entrar en una revisión rigurosa de los hechos históricos, de la que no saldría precisamente bien parado el susodicho líder, lo que más me ha afectado ha sido el insólito regreso a los libros de texto de mi infancia que su discurso me ha provocado: a la enciclopedia Bruño y a los manuales de Formación del Espíritu Nacional. Y eso sí que ha sido un retroceso. Inesperado y de dar miedo.

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